Viendo las notas y videos de los alardes de un Huicho Domínguez acunado en estos tiempos de fanfarria y exuberancias, me intranquilicé por el futuro de la ciudad a merced de esos antivalores. Para agrandar mi desasosiego, los medios sumaron los temas preferidos de la agenda noticiosa: la crónica política en maridaje con la crónica roja. Con la primera alimentamos la visión maniquea y pueblerina que tenemos de la vida y la política; con la segunda despertamos nuestros bajos instintos. Ergo: no me quedó espacio para el optimismo.
Con antivalores en la caja de resonancia (medios televisivos y redes sociales) estamos indefensos ante la antivaloritis, una enfermedad social endémica, altamente contagiosa, que va corroyendo virtudes universales: honestidad, humildad, amor, paz, respeto, responsabilidad, tolerancia, educación, unidad y sencillez; virtudes de una colectividad sana y feliz que construye una ciudad coherente.
Pero no, no tenemos esa ciudad. Al repasar el comportamiento impune y desvergonzado de los innumerables fanfarrones de esta sociedad, volvía a cuestionarme sobre un principio elemental: la ciudad no se construye sola, la construimos todos, virtuosos o maleantes, humanitarios o canallas, pobres o ricos. Y esa construcción cultural colectiva es el reflejo de nuestros valores o antivalores. Si la sociedad privilegia la apariencia sobre la esencia, la estulticia sobre la integridad, construiremos el espacio idóneo para la reproducción, en todas las clases sociales, de muchos Huichos y Huichitos.
Alguna vez comenté que tenemos un paisaje urbano dispar e incoherente, y que en épocas de bonanza inundamos la ciudad de expresiones fatuas; verbigracia: automóviles y edificios. En una estructura urbana estrecha y con una idea acomplejada de desarrollo urbano nos atiborramos de carros y torres, sumados a un descrédito olímpico hacia las normas y leyes. Un prócer expresaba en el siglo XIX que los códigos y las leyes son letra muerta; las sociedades se forman con hombres y mujeres virtuosos e ilustrados. Bolívar tenía razón. Por mucho esfuerzo normativo que haga la institución municipal, el destino de las regulaciones ediles son individuos con los antivalores más perversos: egoísmo, enemistad, discriminación, impunidad, ignorancia, corrupción, injusticia, desconsideración, irrespeto, soberbia y mentira. Es obvio que, con ellos en nuestras entrañas, destruimos el sentido comunitario y construimos la ciudad incoherente que nos rodea.
Termino con lo peor: como la educación humanística no es tema fundamental, nuestros hijos serán contagiados por nuevas cepas de esa enfermedad social, ¿qué ciudad crees que construirán?






