Postal uno: alguna vez Caracas olió a Nueva York. No hace 450 años, cuando fue fundada bajo el nombre de Santiago de León de Caracas, sino entre 1925 y 1965, cuando arquitectos estadounidenses dejaron su huella en la construcción de la ciudad moderna. Da fe de todo ello una exposición en el barrio de Las Mercedes. El Cubo Negro de La Carlota, el domo del Helicoide, el Hipódromo o el Hotel Ávila son algunos de aquellos sueños dibujados. El pasado 10 de mayo, la ciudad que una vez quiso ser Nueva York despertó oliendo feo. La derecha violenta había convocado a la “marcha de la mierda”. El orgullo de quienes no pueden edificar es destruir, dijo una vez Alexandre Dumas. Los “guarimberos” destruyeron todo a su paso. Y quemaron gente por parecer chavista o pobre. Pocos fuera de Venezuela saben lo que es un “puputov”. El afiche que convocó a la marcha decía: “armémonos, ellos con gas, nosotros con excrementos”. Mensajes colgados en WhatsApp daban instrucciones precisas para elaborar la fétida embestida. La Guardia Nacional y la Policía Nacional Bolivariana recibieron el estallido de los cócteles puputov. Los cristales provocaron heridas infectadas con detritus. Muchos fueron hospitalizados, la mayoría vomitó de asco. Caracas, la urbe dibujada, retrocedió siglos, hasta la Edad Media, cuando los códigos del derecho de guerra no habían sido aprobados, cuando las ciudades amuralladas eran asediadas con bosta y enfermedades. El 10 de mayo pasado, la ciudad que soñó con ser Nueva York despertó oliendo muy mal.
Postal dos: la escuelita que mejor huele en el mundo tiene nombre pomposo y está en el estado Vargas. La Escuela Integral Bolivariana Nacional de la parroquia de Naiguatá de destacamento militar se convirtió en oasis, y hoy emana una fragancia evocadoramente fresca. El paseo que rodea a las aulas está invadido de árboles de mangos, guayabos, mamey y uvas de playa, ésas que solo crecen cerca de la costa. Los aviones pasan rozando los tejados y aterrizan en Maiquetía, el aeropuerto internacional de Caracas. El domingo 15 de octubre, los votantes hicieron fila a la sombra. Los pescadores cumplieron con su trabajo, y dos horas después, bien sazonados, los peces espada están ya sobre las brasas.
Postal tres: en la Universidad Marítima del Caribe, en Catia La Mar, Lucy, una señora vestida de “rojo rojito”, se me acerca. Pide la voz, es la primera, y es que las mujeres son las primeras siempre en pedir la voz. Me cuenta cómo el “deslave” de 1999 la dejó sin casa. La conocida como “Tragedia de Vargas” fue el mayor desastre natural ocurrido en Venezuela después del terremoto de 1812. El deslizamiento de tierra dejó casi 30.000 muertos y desaparecidos: el peor alud de barro de la historia mundial. Lucy fue una de las afectadas y también una de las primeras beneficiarias del programa social Gran Misión Vivienda Venezuela. Su casa tiene casi 90 metros cuadrados y es digna. No tuvo que poner un peso. Y como la de ella, ya van 1.800.000 casas entregadas. Dice que va a votar chavismo por el resto de su vida. Dice que ya no es una mujer invisible. “Solo no nos abandonen”, expresa.
Postal cuatro: don Pascual Ulla salió escapando de Madrid cuando tenía 29 años. Corría 1954 y un barco desde las islas Canarias lo dejó junto a sus padres (él republicano) en el puerto de La Guaira. Nunca más volvió, nunca más pudo abrazar a sus familiares. Ese domingo 15 llegó a su centro de votación en silla de ruedas, empujada por una de sus nietas. Don Pascual tiene 94 años y jura que no ha faltado a ninguna elección después de la caída de Marcos Pérez Jiménez en los años 50. “Soy español de nacimiento, venezolano de corazón y chavista hasta la médula”, dice con una sonrisa mientras recuerda toda una vida de trabajo como electricista. Ha dejado las pinzas y los cables hace rato. Habla de sus cuatro hijos, todos nacidos en patria venezolana, dice que extraña Madrid y se despide: “Dígale al mundo que ésta es la “dictadura” donde más se vota, donde manda el pueblo. La derecha está votando, antes llevaban gasolina y fuego, ahora voticos a las urnas. Todo fino”. Fino como este aroma electoral y democrático. Caracas ha dejado de oler feo.






