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Bocaisapo, el ‘ajayu’ que se perdió

El ‘ajayu’ del Bocaisapo se extinguió durante años. Fue lenta su agonía.

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Por Ricardo Bajo Herreras
/ diciembre 20, 2017
en Voces

El Bocaisapo ocupa la planta baja de una vieja casona de la calle más hermosa de La Paz: la Jaén. Propiedad del charanguista Ernesto Cavour, la casa alberga también al Museo de Instrumentos Musicales, y antiguamente fue una cuadra que guardaba los caballos de los vecinos de don Pedro Domingo Murillo. Se abrió en 1997, unos meses antes de mi llegada a Chuquiago, y fue mi primer boliche en la maldita noche paceña. Vivía en la final Yanacocha y el primer bar que me topé rodando la empinada calle fue el Boca. El primer rostro que alcancé a ver después de hacer la reverencia obligada para pasar la puerta pequeñita fue el de un señor bonachón llamado Cayo. No más preguntas, su señoría: el taburete frente a Cayo iba a ser mi primera pequeña isla lejos del mar.

Las entonces calles tranquilas y seguras del centro iban dejando en la orilla de la barra del Boca a los personajes más auténticos de la urbe iluminada. Un poeta llamado Humberto comenzó a contarme todas las noches historias de una vieja novia llamada Begoña, como la virgen patrona de mi ciudad natal. Un llajtamasi vasco de Eibar me susurraba borracho sueños de viajes amazónicos y ayahuasca. Con los meses, de la barra pasé a la mesa de las musas y sus poetas. El té con té era mi trago preferido, hiciera frío o mucho frío. Quino hacía trampa siempre; para calentar los enojos de todos, sacaba su sobaquera con whisky y servía sorbitos en los vasos de los parroquianos. Cuando llegaba a la mesa Jorge Campero (melena alborotada y mochila vieja de versos roncos) al rato comenzaban las discusiones sobre poesía, autores, lecturas y otras yerbas. No recuerdo muchas noches, por razones obvias; pero una ha quedado esculpida en mi memoria.

Medianoche del viernes 19 de agosto de 2005. Por las largas mesas de madera corre la cerveza en jarras de cristal. Aparece Víctor Hugo Viscarra recién peinado, saco impoluto y una bolsa llena de libros que remata a 10 pesitos. Es la segunda edición de Relatos de Víctor Hugo. Anda medio perdido sin reconocer a nadie en la oscuridad del Boca. Lo llamo a gritos y logro que se siente en la mesa bajo juramento de invitar chela y publicar un cuentito suyo en el Fondo Negro. Por la retaguardia nos espía el mural, los taburetes no se mueven y el Cayo no se va. El invitado habla de la muerte, de su muerte intuida y nos regala su testamento: “a todos mis amigos les voy a dejar mis cholas; a mis amigas, mis maridos; y a mis cuates, mis maracos”. Las risotadas estallan.

La buena onda se acaba con la irrupción de 20 policías. Buscan una licencia de funcionamiento que no hay, encuentran al Viscarra en su estado ácido más puro (según la química el alcohol siempre fue la —mejor— solución). Los trata mal en un acto de reciprocidad para no ser pisoteado. Nos botan a todos antes de tiempo, a todos menos al Víctor Hugo: “Un ratito pues, caballero soy, estoy esperando a que llegue mi caballo”. ¿Quién sabía entonces que el Boca había sido la vieja caballeriza de la Jaén? ¿Quién podía sospechar entonces que el boliche tenía los días contados?

Un bar no muere cuando se cierra, sino cuando su “ajayu” se extravía. Y el del Bocaisapo se extinguió durante años. Fue lenta su agonía. Un día dejó de sonar la mandolina del Cayo Salamanca, se esfumó la sonrisa de Marcela Gutiérrez, y se opacó el mural que pintó Diego Morales —ése que inmortaliza a los bohemios habituales: los poetas, los músicos, los pintores, y gente mejor—. Un día se agotaron las tertulias literarias, escasearon los amigos, llegaron los turistas y abundaron los jailones. Ese día el sapo dejó de tener puchitos y alguien cuenta con vergüenza ajena que hasta sonó una cumbia.

Los bares se mueren como los cuates. A Viscarrita y a Rubén siempre los extrañamos. También nos amartelará que ya no estén en la casa de la cruz verde los humos embriagadores de la bohemia, la charla, el encuentro, el debate, la poesía del Bocaisapo. El Boca es el último de un extenso parte de caídos —el Soca, el Avesol, el Ojo de Agua, el viejo Equi y la vieja Luna— que dejaron la sombra de sus “ajayus”. ¿Será que así se mueren las ciudades? 

en tendencia: ajayuBocaisapoperdio

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