Las recientes elecciones autonómicas en Cataluña reafirmaron algo evidente: hay un “empate catastrófico” en torno al independentismo, que se expresa en una sociedad catalana cada vez más polarizada y dividida. Y las urnas, que podían tender puentes, parecen haberlos dinamitado. El escenario postelectoral es de radicalización y de incertidumbre. Sin diálogo, todos pierden.
Pese a que la monarquía española movilizó todo el aparato estatal para aplastar la “rebelión” de quienes apostaron, mal, por una declaración unilateral de independencia, los sentires de una futura República en Cataluña se mantienen intactos. Así, en medio de procesos judiciales, con el destituido presidente Puigdemont en el exilio y el líder Junqueras en la cárcel (junto con otros “presos políticos”), los comicios del 21 de diciembre dieron al bloque soberanista una renovada mayoría en el Parlament.
En la otra vereda, el bloque monárquico, que se jugó por la aplicación del artículo 155 constitucional para intervenir la autonomía, cesar al gobierno y convocar elecciones, consagró a Ciudadanos como la primera fuerza electoral. Claro que esa victoria de Arrimadas no conlleva ninguna posibilidad de formar gobierno con un débil Partido Socialista de Iceta y el PP de Rajoy (el gran derrotado del 21D), con solo cuatro escaños, en la marginalidad. Ciudadanos sustituye al PP, pero no es suficiente.
¿Qué sigue después de las elecciones? Pese a su mayoría de escaños, los independentistas saben que no tienen músculo para retomar, ni menos imponer, su agenda unilateral hacia la República. Deben pactar. A su vez, los unionistas saben también que no tienen ninguna forma legítima de continuar con la aplicación autoritaria del Art. 155. Deben pactar. Así, parece que el único camino posible para encauzar una solución a la “cuestión catalana”, por el que debió haberse empezado, es un referéndum pactado.
Más allá del mensaje de las urnas y sus equilibrios inestables e inciertos, el tema de fondo sigue sin resolverse. Siendo evidente el agotamiento del modelo autonómico adoptado en la Constitución de 1978. ¿Cómo lograr un nuevo “encaje territorial” de Cataluña, reconocida como nación, en el Estado español, reconocido como plurinacional? Lo primero es garantizar el derecho a decidir de las catalanas y los catalanes; lo segundo, impulsar un amplio proceso de reforma constitucional, hoy vetado por el PP.
Los siguientes pasos serán decisivos para cerrar —o acaso ensanchar— la histórica “herida” catalana. Desde Bruselas, Puigdemont reafirma la continuidad del proceso independentista. Claro que para ser presidente de la Generalitat debe regresar a España, donde le espera una orden de detención. Desde su ensimismamiento, en tanto, Rajoy ofrece diálogo “dentro de la ley”; esto es, sin cambios para Cataluña. Son tiempos de rectificación. Las vías unilaterales, desde siempre, conducen al descarrilamiento.






