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Estados Unidos aún no está perdido


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Por Pulso político-económico - Paul Krugman
/ enero 7, 2018
en Voces

Muchos empezamos el 2017 esperándonos lo peor. Y en muchos aspectos, lo hemos tenido. Donald Trump ha sido todo lo horrible que cabía esperar. Día tras día sigue demostrando que está completamente incapacitado para ejercer el cargo, tanto desde el punto de vista moral como desde el intelectual. Y el Partido Republicano, incluso los supuestos “moderados”, ha resultado ser peor aún de lo que cabía esperar. Sin duda, en este momento el partido conservador está compuesto por entero de “perros fieles”, dispuestos a vender cualquier principio (y cualquier ápice de dignidad) con tal de que sus donantes consigan grandes rebajas de impuestos. Por otra parte, los medios de comunicación conservadores han dejado hasta de fingir que hacen verdadero periodismo.

Pero culmino este año con un sentimiento de esperanza, porque decenas de millones de estadounidenses se han mostrado a la altura de la ocasión. Estados Unidos aún podría convertirse en otra Turquía o en otra Hungría, un Estado que conserva las formas de la democracia pero convertido en la práctica en un régimen autoritario. Sin embargo, si eso ocurre no será con la rapidez o la facilidad que muchos nos temíamos.

A principios de año, el analista David Frum advertía que la caída hacia el autoritarismo sería imparable “si los ciudadanos se encierran en su vida privada, si los críticos se callan, si el cinismo se vuelve endémico”. Pero por el momento eso no ha ocurrido.

Lo que hemos visto, por el contrario, es la aparición de una resistencia muy enérgica. Esa resistencia se hizo visible literalmente al día siguiente de la toma de posesión de Trump, con las enormes marchas de mujeres que tuvieron lugar el 21 de enero de 2017 y que eclipsaron las escasas multitudes que acudieron a la ceremonia. Si la democracia estadounidense sobrevive a este terrible episodio, yo voto por que convirtamos los gorritos rosas en símbolo de nuestra liberación frente al mal.

La resistencia continuó con las muchedumbres congregadas en los ayuntamientos para oponerse a los legisladores republicanos que intentaban revocar la Ley de Atención Sanitaria Asequible. Y en caso de que alguien se pregunte si las ruidosas multitudes contra Trump y los sondeos enormemente contrarios a él se traducirían en acción política, toda una serie de elecciones especiales —que culminaron con una gigantesca oleada demócrata en Virginia y una inesperada victoria en Alabama— han eliminado esas dudas.

Seamos claros: Estados Unidos sigue estando, como todos sabemos, en peligro mortal. Los republicanos siguen controlando todas las palancas del poder federal, y nunca en el transcurso de la historia de nuestro país hemos estado gobernados por personas menos dignas de fiar. Esto obviamente hace referencia al propio Trump, que es claramente un aspirante a dictador, sin respeto alguno por las normas democráticas. Pero también a los republicanos del Congreso, quienes han demostrado una y otra vez que no van a hacer nada por limitar las acciones del Presidente. Lo han respaldado pese a utilizar su cargo para enriquecerse él y para enriquecer a sus compinches; a pesar de que fomenta el odio racial; y a pesar de que ha puesto en marcha una purga a cámara lenta del Departamento de Justicia y del Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés).

De hecho, a lo largo de los últimos meses hemos observado una extraña dinámica: cuanto peor parecen irle las cosas a Trump, más se atan a él los republicanos. Habría sido de esperar que las recientes derrotas electorales diesen a los moderados del Partido Republicano un poco más de agallas. En cambio, senadores como John McCain y Susan Collins, que se ganaron grandes elogios por oponerse a la revocación de Obamacare el pasado verano, han aceptado sumisos una ley tributaria monstruosamente horrible.

Y las pruebas cada vez más numerosas de que los organizadores de la campaña electoral de Trump actuaron en connivencia con Rusia no parecen haber inducido a ningún republicano destacado que no estuviese ya contra Trump a tomar postura.

De modo que no podemos contar con que la conciencia de los republicanos nos proteja. En concreto, debemos ser realistas respecto a los probables resultados de la investigación que Robert Mueller está llevando a cabo. La mejor apuesta es que, encuentre lo que encuentre Mueller, por muy condenatorio que sea, y haga lo que haga Trump —aunque suponga una descarada obstrucción a la Justicia—, las mayorías republicanas en el Congreso respaldarán a su presidente y seguirán alabándolo. En otras palabras, mientras los republicanos dominen el Congreso, los controles y equilibrios constitucionales serán de hecho letra muerta.

De modo que va a depender de los ciudadanos estadounidenses. Es posible que vuelvan a hacerse oír en las calles. Ciertamente tendrán que hacer que su fuerza se sienta en las urnas. Va a ser difícil, porque el juego está definitivamente amañado. Recuerden que Trump perdió la votación popular pero acabó de todas formas en la Casa Blanca, y las elecciones de mitad de mandato serán cualquier cosa menos justas. E incluso aunque el electorado se alce efectivamente en contra de las execrables personas que ocupan actualmente el poder, nos quedará un largo trecho hasta restaurar los valores estadounidenses básicos. Nuestra democracia necesita dos partidos decentes, y en este momento el Republicano parece irremediablemente corrupto.

En otras palabras, incluso en el mejor de los casos, hará falta un esfuerzo muy prolongado para volver a convertirnos en la nación que supuestamente deberíamos ser. Sin embargo, como ya he dicho, me siento mucho más optimista que hace un año. Estados Unidos no está perdido aún.

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