En octubre de 2012, Malala Yousafzai, entonces de 15 años, recibió un disparo en la cabeza mientras abordaba un bus, a la salida de su escuela, para dirigirse a su hogar. El hecho ocurrió en Mingora, al noreste de Paquistán. Sabía que su vida estaba en riesgo, pues ella y su familia habían recibido varias amenazas, en las que los talibanes le advertían que si no dejaba de hacer lo que estaba haciendo, “el resultado sería muy malo”.
¿Y qué es lo que estaba haciendo? Estaba escribiendo, desde 2009, un diario firmado con un seudónimo en el blog de la BBC, donde relataba cómo su vida y la de sus vecinos había cambiado con el dominio progresivo de los talibanes, quienes tomaron el control de su comarca en 2007, con la intención de instaurar la sharía, ley que entre sus principios profesa recluir a las mujeres entre las paredes del hogar y sacar a las niñas de las escuelas.
Tras el atentado, Malala estuvo varios años fuera de su hogar, primero recibiendo un tratamiento médico especializado en Inglaterra que le permitió sobrevivir; y una vez recuperada, llevando a varias partes del mundo su lucha en favor de los derechos de las niñas a la educación, labor que le granjeó el Premio Nobel de la Paz en 2014.
El pasado jueves, después de más de cinco años fuera de su tierra natal, Malala cumplió su sueño de volver a poner los pies en su antigua casa, convertida ahora, a los 20 años, en una de las portavoces más destacadas de los derechos de las niñas en el mundo.






