Su mirada es imponente, sus ojos se asemejan a dos esferas de vidrio tornasoladas, como dos canicas; su plumaje es realmente deslumbrante. Este tucán, que está encerrado junto a otros animales y aves de su especie en el aviario del zoológico de Santa Cruz de la Sierra, simplemente perdió el miedo a los humanos. Cada vez que lo desea llega a unos 30 centímetros de los visitantes. Es admirable verlo tan de cerca. Además, otras dos parabas hacen lo mismo y hasta parecen posar para cámaras y celulares.
El zoológico de Santa Cruz, administrado por la Alcaldía, mantiene a una gran variedad de felinos, peces, mamíferos, serpientes, arácnidos, aves y hasta monos. Es un lugar para conocer a estos relucientes animales, pero, al parecer, más que educativo ya es un sitio comercial. En la entrada al aviario un cartel advierte que solo pueden ingresar 20 visitantes por turno, pero un centenar de personas permanece allí tratando de lograr una selfi con el tucán y las parabas.
En otro punto, dos jóvenes golpean constantemente el vidrio de la guarida acuática de los cocodrilos con la esperanza de ver a alguno, pero su deseo se vuelve imposible, pues a pesar de su insistencia, los animales no emergen. Además el agua, de color verdusco, luce contaminada.
Los carteles de “Prohibido alimentar a los animales” parece no importarle a casi nadie. Pipocas, pasancallas, papas fritas, todo sirve para arrojar a las jaulas. Así, un niño atraviesa una baranda y se acerca a un arroyo artificial con pipocas para arrojarlas a los peces. Nada ni nadie impide que el infante eche sus sobras al agua.
¿Qué es un zoológico? ¿Cuál es su objetivo? No debería ser solo para exhibir animales, sino también para preservarlos y educar, pues allí se envían a los animales que han sido rescatados del tráfico de especies con fines comerciales y en algunos casos aquellos que están en peligro de extinción.
A pesar de contar con una hermosa fauna, el zoológico cruceño está descuidado. Se ven animales estresados por la gran cantidad de visitantes, la mayoría de ellos dotados con cámaras y flashes. Justamente un hombre usa el celular con flash para tomar una foto a un pacú. El animal parece atontado. El serpentario tiene un letrero de “Silencio”, pero nadie hace caso y muchos golpean los vidrios y las rejas.
Cada jaula tiene una descripción, pero algunos carteles no se pueden apreciar por estar cubiertos con vegetación. ¿Algún cuidador está presente? Simplemente no. Pero lo que sí abundan son los comerciantes que contribuyen a que la basura aumente. También están los que ofrecen pipocas. Ante este panorama, se debería pensar en restablecer el orden y el verdadero propósito del zoológico… los animales que allí viven se lo agradecerán.
*es periodista de La Razón.






