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Mi cielo, mi infierno

Quechisla quiere ser recuperada de los relatos de los abuelos para incluirse en el mapa de las políticas estatales.

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Por Adalid Contreras Baspineiro
/ abril 19, 2018
en Voces

En las inolvidables noches de tertulia, los abuelos solían contarnos historias que combinaban un halo de verdad con su encanto de fantasía. Nos fascinaba especialmente el relato sobre el origen y la trayectoria de nuestro pueblo, Quechisla, centro minero ubicado en la provincia Nor Chichas de Potosí. Una cabecera de valle en cuyas cumbres culmina el altiplano sur bordeando el salar de Uyuni y en cuyos ríos nacen los afluentes que nutren los valles de Cotagaita, Tupiza y Camargo; un paraíso enclavado en la tierra. De ahí soy yo.

A alguien, no sabemos a quién, se le ocurrió establecer su partida de nacimiento el 13 de abril de 1869, en reconocimiento al inicio del funcionamiento de un ingenio y una planta de lixiviación para la fundición de bismuto y cobre que la Aramayo Mines instaló para procesar los minerales extraídos del macizo Chorolque y de Tasna, colindantes con el Gran Chocaya y Tatasi, sectores que décadas después harían parte de la Empresa Minera Quechisla, dependiente de Comibol.

Los abuelos nos contaban que ese ingenio se edificó sobre los cimientos abandonados de otro construido en tiempos de la colonia. Según las crónicas, la Corona española saqueó los minerales de Portugalete asentándose en Atocha Vieja, vecinos del vergel quechisleño que los proveía de frutas, verduras y carne. Y nos consta, pues desafiando al duende que protege sus túneles, de niños solíamos escarbar sus paredes, de donde emanaba el aroma del azoque quinto-centenario. Asimismo, los chullpares encontrados en Chut’u Orq’o y San Antonio, fincas pegaditas a Quechisla, revelan su pertenencia al pueblo preinca de Los Chichas. Su creación, sin duda, tiene larga data. Conocido es que en el quiebre del régimen colonial nutrió de combatientes al Ejército chicheño que jugó un papel decisivo en las batallas de Suipacha y Tumusla, que sellaron la suerte del Ejército español y decidieron la independencia de la patria.

Sobre el origen y significado de su nombre, los abuelos contaban varias historias. Recuerdo tres. Una dice que en su recorrido de Lima hacia la capitanía de Chile, las huestes de Almagro, después de atravesar la aridez del salar y del altiplano, desde la altura de las montañas contemplaron con asombro aquel paraíso verde, semejante a un oasis en medio del desierto. Al verlo, por su pequeñez y belleza, exclamaron en quechuañol: “¡Qué ch’isla!”, (¡qué pequeño y bello!). También se les antojaba decir que se deriva de qhichixra, que quiere decir ceja, por su forma arqueada bañada por dos ríos. Acaso la versión más compartida sea aquella que dice que se deriva del quechua k’echislla (lugar de plantas con espinas), por la abundancia de las t’arakas y cortaderas en sus laderas y bordes de los ríos.

Las minas del Consejo Central Sud, de las que Quechisla era su centro administrativo y su proveedor de verduras y flores, aportaron inconmesurablemente al desarrollo de Bolivia. Luego, con la relocalización minera sus calles se convirtieron en peatonales para sus fantasmas, hasta que la energía de las cooperativas mineras la recobraron por su clima como albergue para los enfermos de tuberculosis. Ahora, con la explotación de la mina Thutu, considerada la veta más grande después de La Salvadora en Llallagua, vuelve a situarse en el escenario de las venas abiertas que irrigan el desarrollo de la patria.
Si pudiéramos tejer un país inclusivo desde sus pedacitos, seríamos una nación sólida, articulada e indestructible. Quechisla, mi tierra, quiere ser recuperada de los relatos de los abuelos para incluirse en el mapa de las historias oficiales y de las políticas estatales.  

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