El título de esta nota, que retoma la letra de una conocida kullaguada, expresa las primeras impresiones que provoca mi reencuentro con La Paz, después de 12 años viviendo la patria desde lejos. He querido escribirlas antes que la reasimilación a la vida cotidiana de la urbe les quite el sentido impulsivo que provoca la primera mirada en complicidad chauvinista con el disfrute indescifrable de la marraqueta.
Mi primer contacto desde la ventana de la habitación fue apoteósico: el Illimani en todo su esplendor dándonos la bienvenida, en contraste con la degradante siguiente mirada de canales televisivos haciendo un manejo sacrílego de las noticias, con una levedad informativa proporcional a las ropas de quienes las banalizan. Felizmente, esa realidad mediática no logró descompaginar mi reencuentro con una ciudad que pugna por conservar su ajayu aunque ha cambiado su fisonomía.
La ciudad se ha expandido por sus cuatro costados y ha crecido rascándole la panza al cielo con sus cadenas de edificios que, en alianza con la voracidad del comercio, se han comido las viviendas y los barrios. Es una de las pocas ciudades principales de América Latina en las que su centro histórico se ha acogido a un trazo arquitectónico despelotado sin una definida identidad urbana. Es una ciudad ambulante en la que el cerco ha abierto sus compuertas para ganar en la combinación intercultural de sus habitantes. La Paz es cada vez más Chuquiago Marka. Se ha transterritorializado, así como los barrios exclusivos donde sus habitantes viven la paradoja de sentirse libres entre muros.
La Paz es altura y sus soluciones son de altura. Los puentes mellizos y trillizos deberían multiplicarse, pariéndose en cuatrillizos y quintillizos, para que siga fluyendo la vida en una ciudad apretujada por sus calles angostas atestadas de una sobrepoblación caótica de minibuses. Ciudad de altura en la que no logro ponerme de acuerdo con el chofer del trufi si desde Calacoto se sube (por su pendiente) hasta Cota Cota, o se baja (por su ubicación cardinal al sur).
La experiencia galáctica del recorrido por su cielo en los teleféricos y la vista celestial de la ciudad me llevan a interrogarme si nos movilizan en vuelo, en cableado, en inmersión, o en qué mismo. Estas subversivas soluciones urbanas hacen imaginar La Paz a futuro con emprendimientos todavía más arriba, dotada de helipuertos en las terrazas de los edificios y sus servicios de aerorradiotaxis, esperanzados de no encontrarse con aerotrancaderas y aerobloqueos, pero sí con nuestras bellas cebras dotadas de alas para dar seguridad con su encanto a los aerotranseúntes.
En la hoyada, pisando tierra, los PumaKatari le hacen honor a su altivo nombre, como encarnaciones en movimiento que dignifican con su servicio a los ciudadanos. La Paz se ha descentralizado. Ya no son solo las salteñas las habitantes universales. No hay que ir únicamente hasta el centro para los trámites, pues existen notarías en todos los barrios, al igual que centros de salud, farmacias, bancos y centros comerciales que facilitan la vida, así como cafés que han desconcentrado el arte de hacer política para que los discordes o sigan discordando, o construyan en concordia.
Y ciertamente se arrastran históricas deudas infraestructurales como la consistencia de las calles, y sociales como los rostros de la pobreza que con la extensión de la ciudad también se han expandido. La Paz tiene que asumir que ya no es una ciudad “cosmokollita”, sino una ciudad ch’enko que está camino de hacerse cosmopolita con su identidad intrincada de dos y ahora más ciudades conviviendo en oposiciones complementarias, con altura.






