Transcurridas casi tres horas en aquel cine club, cuando finalizaba el film Llámame Francisco (que narra la vida del jesuita argentino Jorge Bergoglio devenido en el papa Francisco I), cayeron las lágrimas de Xavier Albó, el P’ajla, como cariñosamente lo llaman muchos de sus amigos. Desde su llegada a Cochabamba, el jesuita, de origen catalán y boliviano de alma, asiste todos los lunes por la noche al Arzobispado para presenciar cintas que forman parte de distintos ciclos de cine, como hacía su amigo cinéfilo Luis Espinal.
Ese lunes de abril fue diferente para Albó. Estaba programado un film que, debido a la trama, previsiblemente le iba a tocar las entrañas de su memoria: la vida de un jesuita comprometido con los pobres y su papel durante la dictadura militar argentina. En medio del éxtasis que provocó en América Latina la elección de Bergoglio como cabeza de la Iglesia Católica, reaparecieron simultáneamente ciertas sombras sobre el papel que ejerció durante el régimen de Jorge Videla; época en la que se desempeñaba como provincial de los jesuitas, el máximo cargo de esa congregación religiosa en un país. Las acusaciones más duras contra Bergoglio aseguraban que había apoyado los horrores de aquella dictadura.
La película, dirigida por Daniele Luchetti, intenta despejar esas acusaciones. Las escenas muestran a un jesuita arriesgado, y al mismo tiempo a un hombre abatido por un conflicto existencial: elegir entre su consciencia y su deber. Quizás los titubeos de Bergoglio impulsaron historias impregnadas de cuestionamientos ácidos sobre su accionar durante la dictadura. El film muestra escenas conmovedoras donde el actual Pontífice cobijaba a jóvenes perseguidos por el régimen en los ambientes de la Compañía de Jesús. También muestra que durante aquella época perdió a amigos cercanos y a su propia madre, cuyo cuerpo nunca apareció, como sucedió con miles de argentinos desaparecidos después de ser asesinados por la dictadura de Videla.
Sospecho que esas imágenes conmovedoras abrieron la cerradura de la memoria de nuestro P’ajla, y le hicieron evocar aquellos días tenebrosos de los gobiernos de facto en Bolivia. Quizás recordó su propia experiencia en lucha contra la dictadura de Hugo Banzer que le llevó, junto con Espinal, a incorporarse a la huelga de hambre protagonizada por las mujeres mineras. Esa huelga fue el inicio del fin del régimen de Banzer.
Las lágrimas derramadas en esa noche otoñal mostraron a Albó como lo que es: un hombre profundamente sensible y genuino. Cualidad que fue fundamental para su accionar pastoral y su labor académica en Bolivia, y que forma parte de su compromiso con los oprimidos. Incluso llegó a aprender aymara y quechua para comprender mejor las necesidades de un pueblo sencillo, pero con raíces. Posiblemente, ésta sea otra de las razones detrás de su emoción, al observar por ejemplo las escenas que muestran a Bergoglio abrazando a curas tercermundistas en las villas miserias de Argentina.
Quizás una de las diferencias entre Bergoglio y Albó sea que mientras el actual Pontífice critica abiertamente al “capitalismo salvaje”, necesita que la historia reivindique su accionar en el periodo de la dictadura argentina; mientras que a Albó no le hace falta; su compromiso de lucha contra los gobiernos de facto no deja ninguna interrogante. Hoy sigue intacto su compromiso con los pobres. Para nosotros, los cochabambinos, la presencia del P’ajla en este valle es un privilegio, más aún en los ciclos de Lunes de Película animados por Cosme Peñaranda.






