A ellos se suman al menos 200 millones de personas en edad de trabajar que ni siquiera tienen un empleo, la mayoría de ellas, unos 74 millones, jóvenes que intentan ingresar al mercado laboral sin mucho éxito. Además, 168 millones de niños están atrapados en el trabajo infantil y 21 millones de hombres y mujeres son explotados en condiciones de trabajo forzoso.
Se trata de un escenario ciertamente preocupante, que en los próximos años podría empeorar por el crecimiento de la población activa, que exige la creación de cerca de 40 millones de empleos al año para absorber a las nuevas generaciones que buscan ingresar al mercado laboral, así como también y sobre todo por la reducción de la demanda de trabajo a raíz de la innovación tecnológica, que está impulsando el uso de robots en varios rubros como la agricultura, el sector automotriz o la industria.
De hecho, de acuerdo con estimaciones de la Confederación de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo publicadas en un reciente informe, en los próximos años la tecnología podría acabar con al menos dos tercios de los puestos de trabajo en países en vías de desarrollo e industrializados, poniendo en riesgo incluso los sistemas de seguridad social.
Por ejemplo, en Pittsburgh (EEUU) se ha anunciado que en los próximos años la ciudad contará con un servicio de taxi sin conductor, gracias a vehículos autónomos que llevarán al pasajero donde éste indique. Una vez que esta tecnología se consolide en Estados Unidos, previsiblemente será cuestión de meses para que llegue al resto de los países, amenazando millones de empleos vinculados al transporte de carga y de pasajeros, que serán tan obsoletos como una cabina de teléfono.
Y este es tan solo un ejemplo de que estamos a las puertas de una nueva revolución que afecta cada vez más nuestra forma de vivir, incluyendo las características del trabajo. De allí que sea necesario discutir y reflexionar sobre posibles medidas frente al automatismo laboral que el mundo ya tiene encima, a fin de que esta revolución tecnológica en ciernes no sea tan traumática como se perfila.
Urge, en este sentido, invertir en el desarrollo de sectores ligados a las personas, como la sanidad, la educación o la economía verde; a tiempo de impulsar reformas laborales inclusivas que promuevan el trabajo decente en todos los rubros, condición esencial para superar la pobreza y garantizar la estabilidad y el bienestar de las familias y de las sociedades en general.






