Desde hace varias décadas que los uru chipaya luchan por su supervivencia. Tres son las principales amenazas que hoy en día se ciernen sobre este milenario pueblo indígena: el cambio climático, la severa contaminación minera que padecen los humedales que les permiten sobrevivir, y el avasallamiento de sus tierras por parte de sus vecinos aymaras y, en menor medida, quechuas.
Huelga recordar que la existencia de esta nación indígena, una de las más antiguas del país, ha estado íntimamente ligada a la cuenca del río Desaguadero, que va desde el Titicaca hasta el Poopó, pasando por el lago Uru Uru. De allí que incluso se autodenominan gente de las aguas y los lagos (qhas qut suñi). Sin embargo, durante los últimos años el calentamiento global ha modificado sustancialmente su entorno, con sequías cada vez más severas que se intercalan con intensas inundaciones.
Por caso, la evaporación de gran parte del Poopó en diciembre de 2015 dejó a los uru chipaya sin su principal fuente de sustento, los peces de ese lago, y sin agua dulce para sobrevivir junto a sus animales de pastoreo. Por ello, muchos se vieron obligados a migrar a zonas aledañas. Dos años después, las aguas regresaron, pero con tal intensidad que en las últimas semanas han necesitado ayuda de la cooperación internacional para superar las inundaciones de sus viviendas y cultivos.
En cuanto a los peces del Poopó y de otros humedales, lamentablemente aún no se han recuperado por completo. Ello debido a la falta del líquido elemento, pero también y sobre todo por la severa contaminación de las actividades mineras, que vierten residuos tóxicos sin tratamiento a al menos 11 cuencas hídricas del país, entre ellas la del Desa- guadero, según un reciente estudio del Banco Mundial, con los consecuentes impactos que estas sustancias químicas producen en la salud de las personas y animales, amén de perturbar la fertilidad de los suelos.
Ante este desolador panorama, los uru chipaya han encontrado en la siembra de quinua en la parte hoy seca de su territorio lacustre una alternativa de supervivencia, al tratarse del producto de exportación estrella del altiplano. Empero, esta opción no ha sido del agrado de sus vecinos quechuas y aymaras, principalmente, quienes en los últimos años han instalado cercos de maderas y alambres de púas (conocidos como callapos) alrededor de las comunidades asentadas a orillas del lago Poopó para apropiarse de sus territorios, tal como pudieron constatar los legisladores que viajaron a aquella zona luego de que los uru muratos protagonizaran una marcha de protesta en marzo de 2013, en demanda de medidas que garanticen su territorio.
Se trata, en suma, de amenazas de magnitud que ponen a prueba el rol del Estado y de sus instituciones, obligadas a garantizar la supervivencia y los derechos de los pueblos ancestrales más vulnerables del país, cuya desaparición constituiría una herida de muerte contra el ajayu nacional.






