La ciudad se ha sometido siempre al juicio mundano. Todos tenemos el derecho inalienable de opinar sobre ella. No puede ser de otra manera. Vivimos, sentimos, gozamos y sufrimos en esta construcción colectiva y cultural. Las sociedades se presentan al mundo con sus ciudades y, aunque suene exagerado, las ciudades, culturalmente hablando, están por encima, porque envuelven todo: su gastronomía, su arquitectura, su arte o sus danzas.
Como es la construcción cultural más importante y en nuestro caso pluri-multi como pocas, comentamos sobre La Paz subjetivamente, con juicios de valores contrastados en una muestra de democracia plena. Por ello, sobre la ciudad no tenemos coincidencias; más bien, revelamos profundas diferencias que hacen nuestra pluriculturalidad urbana.
Puedo aceptar y debatir con todos sobre la ciudad. Pero tengo una animadversión manifiesta cuando escucho a la clase política opinar, con discutibles recursos intelectuales, sobre ella. Son muchas décadas que escucho declaraciones sobre lo urbano de un incontinente maniqueísmo político; y podemos leer en la historia muchas pruebas de ese malhadado comportamiento.
Explico mi animadversión. La ciudad es la representación física de un pasado, en un presente que proyecta futuro. Es decir, es forma urbana que atestigua pulsiones sociales en una línea de tiempo dinámica y jamás estática. Por esa dialéctica intrínseca podría afirmar que, más allá de las dinámicas sociales y económicas, la ciudad es la construcción fundamental de nuestro espíritu: es ideología, moldeada en piedra y arena, que materializa múltiples tendencias.
Las visiones de la política, partidaria y electoralista, son distintas. Piensan que la ciudad, como todo a su alcance, es pasto de “sus” intereses. Pero como la ciudad es construcción colectiva y no de partidos políticos, es axiomático mencionar que está por encima de cualquier momento político de nuestra historia: la ciudad se construye impertérrita mientras ve pasar un desfile de cadáveres de políticos que jamás entendieron la potencia de esta construcción cultural.
Y agrego: la pluriculturalidad urbana es más importante que los alegatos cortoplacistas que salen de las tiendas políticas donde todo, absolutamente todo, se reduce a una visión dual de la vida, a una discriminación en blanco y negro, o a la demonización del enemigo con los eslóganes de siempre: “yo soy mejor que tú” o “tú eres el colonizado, yo no”.
Esa visión maniquea, pueril y doctrinaria, sin visión de futuro, no sirve a la hora de entender la más importante herencia que, para bien o para mal, legamos a la humanidad.






