Se trata de una tendencia global: inmuebles antiguos de barrios depauperados son comprados y restaurados por inversores con poder económico, y poco a poco las remodelaciones van transformando la vida en la zona, que se llena de nuevos vecinos, por lo general jóvenes de clases medias y altas. Hay quienes valoran como positivo este proceso y quienes creen que es malo.
Por ejemplo, en ciudades como Nueva York, especialmente en las zonas aledañas al río este (en Brooklyn y Queens), los antiguos embarcaderos han desaparecido y en su lugar se levantan rascacielos de departamentos de alta gama. Similar cosa sucede en Barcelona, donde las antiguas viviendas de las zonas aledañas a la Rambla o al barrio Gótico han sido restauradas. Es obvio que los antiguos vecinos ya no pueden pagar el costo de la vivienda y deben mudarse a lugares más alejados.
Pero por el otro lado se dan casos de zonas tan depauperadas que se convierten en un peligro para sus propios habitantes, situación que es contrarrestada por las inversiones inmobiliarias que ayudan a erradicar la delincuencia y devuelven el esplendor al lugar. Es posible que algo de esto esté ocurriendo en algunos puntos de la ciudad de La Paz, donde jóvenes inversores están recuperando inmuebles patrimoniales del casco viejo y en el camino ayudando a revalorizar las calles donde se levantan.
Es el caso de emprendimientos como el proyecto Hierro Brothers, en la plaza Tomás Frías, al final de la calle Comercio e inicio de la calle Illimani, donde una casa está terminando de ser acondicionada para convertirse en un hotel boutique, además del café que ya funciona allí desde hace meses. Otra casona en la calle Comercio, entre Ayacucho y Colón, se ha convertido en espacio cowork (un nuevo concepto que consiste en crear ambientes donde la gente puede trabajar sin necesidad de tener una oficina). Como estos dos casos hay al menos otros cuatro ejemplos que combinan gastronomía, hotelería y espacios de trabajo.
El arquitecto urbanista y columnista de este diario Carlos Villagómez está entre quienes ven con buenos ojos los procesos de gentrificación, en tanto ayudan a dignificar espacios deteriorados y a atraer turismo y conservar el patrimonio de la ciudad. Sociólogos consultados por La Razón coinciden en señalar que el proceso cambia espacios urbanos para darles un alto potencial turístico y económico, a la vez que cambia el perfil socioeconómico de los vecinos, forzando a algunos a mudarse.
Como se puede ver, la gentrificación tiene su lado bueno y su lado malo. Establecer políticas públicas de desarrollo urbano debería facilitar el proceso de transformación y recuperación de esos espacios hoy depauperados, al mismo tiempo que serviría para fijar límites y condiciones para quienes pudieran verse desplazados. No se trata de quitar a unos para incrementar los beneficios de otros, sino de mejorar las condiciones de vida de todos.






