Cuando el Mundial de Sudáfrica arrancó en 2010, el escritor uruguayo colocó un cartel disuasorio en su casa: cerrado por fútbol. Y es que la Copa del Mundo es como una vacación, o mejor. Los mundiales, como las canchas y los estadios, existen para que la gente se dé vacaciones de sí misma, para vivir en otros lugares, para ser habitados por goles y formaciones titulares, para imaginarnos en otro lado.
A partir del próximo jueves, millones de personas en todo el mundo estarán, estaremos, pendientes de 11 tipos de un país con el mismo color en sus camisetas contra otros 11 que patean en sentido contrario. ¿Exageramos? Seguramente. Lo que olvidan algunos es que el deporte de la pelotita encuerada es la última tribu que nos queda. Sentirse parte es algo fuerte, estar aliado al otro desconocido con el mismo escudo y los mismos colores hace del fútbol algo grande.
Durante los 30 días que se vienen, la vida se parecerá al fútbol, y no al revés. Durante estas “vacaciones” las guerras, algunas, se detendrán; los bombardeos, algunos, cesarán; las huelgas, hasta las últimas consecuencias, se postergarán; y los paros nacionales, hasta que caiga el tirano, se dejarán para julio o agosto. No es un logro para desdeñar. Dice Calvino, Ítalo, que el fútbol es una identidad leve, una “excusa” que nos da sensación de pertenencia. No es un logro menor.
Y es que las copas del mundo tienen un no sé qué, que incluso a aquellos que el resto del año se cagan en el fútbol se los puede ver durante el Mundial pegados a la tele en sus casas, en sus laburos, en sus boliches. Y no me digan que el Mundial no sirve para aprender, incluso aquellos que el resto de su vida se cagan en la geografía este mes averiguarán algo de Islandia, como aquel relator deportivo de tele que supo por fin que el gentilicio de Polonia no era “polonés”.
Solo ocho países de 200 han ganado alguna vez el Mundial (cinco europeos y tres sudamericanos). ¿No se han preguntado qué se necesita para levantar la copa? Dicen algunos que hay que tener suerte. Nos olvidamos muy a menudo que el factor azar cuenta, y mucho. Una pelotita pega en el palo y entra: el jugador equis y el entrenador zeta son genios. Otra pelotita pega en otro palo y no besa la red: son todos negros, son todos putos. La suerte es uno de los elementos indiscutibles del juego y a ratos pareciera que desaparece, y casi siempre hallamos al responsable del azar en el entrenador de turno, cabeza de turco.
Dicen algunos que para ganar un Mundial, aparte de la diosa fortuna, hay que tener “sufrimiento histórico”. Por eso, Holanda llegó a dos finales y las perdió. Sus jugadores, anaranjados y mecánicos, fumaban puchos en los descansos, tenían sexo en los hoteles de concentración y parecían felices y relajados. No sufrían, ni sufrieron. Por eso, Holanda no está ni siquiera en este Mundial ruso. Por eso, Brasil, la gran favorita, no levantará la copa por sexta vez: no han sufrido en las eliminatorias.
Dice el mexicano Villoro que el fútbol vale la pena, entre otras cosas, porque Estados Unidos es un eterno principiante, tan novato que en este Mundial de Rusia ni siquiera está. La República Islámica de Irán y Corea del Norte sí hicieron la tarea y estarán. Durante los 30 días que se vienen, el fútbol se parecerá a la vida o lo que ésta tendría que ser.
Dice otro escritor, esta vez el español Marías, que el hincha recuerda su vida por los cortes que cada cuatro años presentan los mundiales. En poco más de un mes, el Mundial terminará, para alivio de pocos y tristeza postorgásmica de muchos, que estaremos exhaustos de partidos matinales, destrozados por semifinales a la hora de la siesta, hastiados y contando los años que faltan para el próximo Mundial, dispuestos a saber dónde carajo queda Qatar. Y entonces nos preguntaremos tristes y solitarios tras la gran final: ¿cómo volvemos ahora a la puta realidad?, ¿cómo mierda volvemos a ser otra vez esa versión aburrida de nosotros mismos? Dice el argentino Valdano que desde que se terminaron las grandes ideas, el fútbol parece demasiado importante. Y los mundiales, más que una vacación.






