Uno de los logros más importantes del Gobierno, como lo repite con insistencia, es el crecimiento de las clases medias. Tomando en cuenta las condiciones estructurales que históricamente nos contuvo y nos siguen conteniendo en el lastre de la desigualdad y las diferencias entre ricos y pobres, ese logro no podría ser demeritado de ninguna manera. Pero si bien determinadas condiciones objetivas facilitaron ese resultado, como la época de bonanza y el sostenido crecimiento económico que ha venido viviendo el país, las condiciones subjetivas que hicieron posible ese hecho derivan de aquella situación estructural que define los estilos de vida propios de las clases privilegiadas, como una aspiración.
Las necesidades crecientes, los intereses de clase, la aspiración por un estatus diferente, la movilidad social y la afirmación de la posición de clase se desarrollan, pues, dentro del margen de esas condiciones estructurales. Por eso, logrado el ascenso social, la nueva posición de clase tiende a exteriorizarse. La compra o la edificación de una casa, la adquisición de un coche, el acceso a bienes muebles, la buena vestimenta evidencian los “buenos” tiempos que se viven, como ya lo habrá comprobado la clase emergente que parió este proceso de cambio, desde la máquina burocrática.
Sin embargo, alcanzado cierto nivel y cubiertas las nuevas necesidades, las expectativas crecientes no hallan necesariamente un límite. Entonces, el ansia de acumulación, la ambición, la avidez y la codicia pueden empujar a la usura y la avaricia, porque el goce de los bienes que antes no se disfrutaban producen a su vez mayores necesidades. Este fenómeno lo hallamos en los vergonzosos casos de exfuncionarios del Banco Unión, del Fondioc y otros acallados.
Omitiendo la última referencia o considerando ese hecho como una “excepción”, el origen de los grupos emergentes parece constituir la evidencia exacta de lo que sostiene la teoría sociológica de los estratos sociales, según la cual el estatus puede ser adquirido o heredado por poder, clase o partido; y la actual clase gobernante obedece a dicha ecuación. Es decir, la clase gobernante es parte integrante y manifestación de las nuevas clases medias, por lo que la exteriorización de su posición se produce a través de sus estilos de vida y de consumo, que pueden rayar en la ostentación, bien a través del consumo suntuario, bien a través del simple consumismo; tal como acontece con los danzantes del Gran Poder.
El nuevo palacio presidencial, o la Casa Grande del Pueblo, representa precisamente esa forma de comportarse de los grupos emergentes, que a través de objetos materiales, en este caso arquitectónicos, expresan su ascenso de clase y evidencian sus aspiraciones de vida. Pero las clases constituidas ven en el proceso de ascenso de los nuevos grupos sociales una arremetida contra su propia posición y reaccionan, pues el ascenso del grupo emergente podría atentar contra su estatus. Por eso, los grupos sociales tienden a cuidarlo a través de su cerrazón o su apertura selectiva.
En contextos definidos por clivajes raciales, ese hecho es mucho más expresivo, pues la reacción se manifiesta a través del desprecio, el racismo y la discriminación hacia aquel cuyo dinero no lo compra todo. Y el desprecio hacia lo que los otros pueden lograr no supone más que una resistencia a que el otro sea como uno. Y ello parece más natural, porque objetivamente las nuevas clases emergentes, como las “viejas clases medias”, exteriorizan su posición a través de moldes occidentales y adecuados a la civilización capitalista, que no coincide con aquel discurso descolonizador en torno al cual aquellos grupos emergentes probablemente maduraron subjetivamente su nueva posición.






