Si las redes sociales se adelantaban a la época del otrora dictador Hugo Banzer, lo que dijo una vez sobre la lealtad política habría sido digno de un meme, para escarnio público: “Prefiero un gramo de lealtad a una tonelada de inteligencia”, arengó en un mitin mientras fue presidente elegido.
Gonzalo Sánchez de Lozada tampoco se habría salvado del escrutinio de las redes sociales. “Yo no voy a renunciar” o “tengo las manos atados (sic)”, esas históricas frases pronunciadas en su típico acento gringo habrían resultado en sendos memes (burlas) o canciones para reguetón.
A Jaime Paz Zamora, que renunció a la política en 1995 luego del escándalo de los “narcovínculos”, la vida le habría sido difícil de sobrellevar tras admitir que en el caso los suyos fueron “errores pero no delitos”.
Ni qué decir del “no me hablen de ella, por favor” de Carlos Palenque. Sí que sería para la imaginación de los webactores, como llama Ignacio Ramonet, o para esa “legión de idiotas”, como diría Umberto Eco respecto de quienes han invadido en las redes sociales en el último tiempo.
Vivieron épocas de la política —una más “natural”— en las que el escándalo o las frases polémicas se los ventilaba en los medios de información tradicionales, en el debate político abierto o en la discusión cara a cara de amigos o parientes.
Ahora todo ha cambiado; la ridiculización de la política se ha adecuado a la irrupción tecnológica y su incidencia es mayor a la de tiempos pasados.
Todo lo que digas será usado en tu contra, pero también en un meme.
Cada palabra cuenta, mucho más de los políticos y famosos (y periodistas). Samuel Doria Medina no se ha salvado de ser uno de los promotores de los fake news (noticias falsas). En su palmarés están registradas la caída del satélite Túpac Katari, la muerte del dirigente minero Filemón Escóbar o la publicación de una nota de 2010 como si fuera actual que citaba a Carlos Mesa, quien aludía el “autoritarismo” de Evo Morales.
A Mesa le recuerdan en las redes su pasado presidencial, su renuncia por la presión social y su actitud de “limosnero”, de cuando dice que tuvo que apelar a organismos financieros internacionales para posibilitar el pago de salarios.
A Rubén Costas, su dejo de racismo. Es muy conocida su comparación de “macaco” mayor y menor en relación con el extinto Hugo Chávez y Evo Morales.
Y todo lo que digan.
Al vicepresidente Álvaro García no le dan tregua respecto de su condición de “bachiller” y su situación de “falso licenciado”. Cada frase suya resulta un meme.
Pero quien se lleva los likes y los fails es Morales. Lo último suyo es la admisión de no haber recibido orientación para la inversión en hospitales, que desnuda su responsabilidad en esas gestiones.
Antes, en una concentración en los Yungas había dicho que había que sacarles a “ch’utazos” (patadas) a quienes promovían en la consigna del “Bolivia dijo no”. La metáfora fue entendida como un acto de violencia y carencia de tolerancia.
Pero más meme fue la recriminación de Morales a un profesor, quien, en un acto público, lo llamó “señor Presidente”. Molesto, al hombre —un director distrital— le mandó a repetir en un cuaderno de 100 hojas “hermano Presidente”.
Todo lo que digas será usado en tu contra. Las redes sociales son implacables, sobre todo imaginativas. En la medida en que uno —mucho más los políticos— sepa administrar su palabra y sus actos, podrá eludir el escarnio en un meme.






