La victoria en primera vuelta en Brasil del candidato de extrema derecha Jair Bolsonaro ha significado un verdadero terremoto político en la región, al extremo que connotadas figuras mundiales del arte, la política, el deporte y la música se han pronunciado contra este líder que de nuevo no tiene nada, pero sí representa a los instintos atávicos, a la reacción y, en suma, a la mayor negación de lo que significa una verdadera democracia. Para quienes se rasgan la vestiduras y creen que en Brasil se está incubando el huevo de la serpiente del fascismo, hay que recordarles que Berlusconi hace ya años irrumpió grotescamente en la política europea, y no hace mucho, contra todo pronóstico, Trump en los Estados Unidos logró la victoria frente a los demócratas.
La diferencia de Bolsonaro y otros políticos de su clase es mínima. Es cierto, el brasileño es la expresión más torpe y atrabiliaria del fascismo posmodernista contemporáneo, y su programa se limita a no tener programa alguno. Algunos buscan la causa del surgimiento de Bolsonaro como un rechazo a la corrupción, consideran que es producto del giro a la derecha que está tomando la política en América Latina. Sin embargo, poco se ha opinado del rol de las redes sociales en la insurgencia de Bolsonaro. En realidad, este candidato es fruto de la posverdad, de la “modernidad líquida”, de la “posdemocracia”. Es una figura que surge del mundo de los instintos viscerales, de la imagen fácil y el mensaje superficial al que las redes sociales han conducido a un electorado cada vez menos crítico, adormilado por un individualismo tecnológico en el que prima la satisfacción inmediata, el mínimo compromiso y valores “light”.
Bolsonaro es el arquetipo de la banalidad y el oportunismo, que bien puede lanzarse contra los gais y aparecer a los pocos días como el abanderado del matrimonio homosexual. No representa alternativa alguna, sino el hastío por la política tradicional (de la que él es parte como diputado desde hace 28 años). No es renovación ninguna, porque desde 1989 vive de la política y ha militado en nueve partidos diferentes (PSL, PSC, PP, FFL, FTB, PPB, PPD, PDC, PTB).
La élite brasileña ha dado zarpazos enormes contra la democracia. Primero el golpe contra la presidente Dilma Rousseff, por intermedio de una tramoya armada por algunos sectores políticos ante el temor que suscitó las investigaciones impulsadas por la expresidente por hechos de corrupción. Luego vino la condena sin pruebas en contra de Lula. Y ahora es la victoria de un fantoche, virtualmente presidente del Brasil. Esta nueva victoria de la “memecracia”, o de la banalidad de la política, debe llevarnos a reflexionar sobre los verdaderos peligros que hoy corre la democracia en América Latina a manos de quienes dicen defenderla.
* Abogado






