Max Weber nació en 1864 en Turingia (Alemania), en el seno de una familia luterana, aunque su madre, Helene Fallenstein, practicaba una religión austera de inspiración calvinista que intentó inculcar a sus hijos. La familia de la madre (los Fallenstein) era conocida por los negocios comerciales que manejaban, una mezcla de conservadurismo religioso acompañado de un tremendo éxito empresarial. El padre era un jurista connotado de la burguesía prusiana, y fue quien lo influenció para que estudie Derecho. Sin embargo, en cuanto Max Weber se recibió como abogado empezó a sentir un mayor apego por la ciencia política y la economía, en particular por las grandes encuestas sobre las condiciones económicas y sociales de la población rural.
Hasta 1908, Weber no se definía públicamente como sociólogo, en su tiempo era una etiqueta complicada, pues se trataba de una actividad heterogénea y diversa. Weber prefería señalar que lo que él hacía era economía política, denominativo con el que bautizó sus cátedras en las universidades de Friburgo, Heidelberg, Viena y Múnich.
El libro que lo consagró en el ambiente académico lleva por título Ética protestante y el espíritu del capitalismo, publicado en 1904 en dos partes en una revista académica (Archiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik) y destinado a ser parte de una recopilación de ensayos de sociología de la religión. Posteriormente tuvo varios retoques, los últimos los hizo Weber en 1920, justo semanas antes de morir. Finalmente, esta obra se consolida con el título Ética protestante y el espíritu del capitalismo en la traducción inglesa realizada por Talcott Parsons en 1930, no antes.
Las preocupaciones de Weber, que van desde el método, el poder social, los procesos histórico sociales y la religión, se encuentran reflejadas en este libro. Para Weber, los intereses materiales eran creados por ideales, los que a su vez definían las acciones de los hombres. La filóloga alemana Christiane Zschirnt resume estos intereses materiales de la siguiente manera: “El católico va a la iglesia. El protestante va a trabajar.
El católico santifica el domingo. El protestante santifica el día de labor. El católico se hace monje, se retira al convento y se ejercita en la práctica del ascetismo. El protestante se convierte en un adicto al trabajo, desarrolla su carrera y practica el ahorro.
Los santos de la Iglesia católica viven en el reino de los cielos e interceden ante Dios por los habitantes de la tierra. Los santos del protestantismo habitan este mundo y fundan empresas multinacionales en el transcurso de una generación. Si peca el católico, dispone de la confesión. El protestante tiene un montón de deudas y ninguna confesión. Debe trabajar”. Un resumen delicioso de una de las obras fundamentales y fundantes de la sociología contemporánea.






