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‘Søren’, un mal viaje

Los desbarajustes de la nueva película de Juan Carlos Valdivia no son ni sencillos ni simples.

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Por Ricardo Bajo
/ noviembre 7, 2018
en Voces

Søren tiene una trama sencilla: un gringo “peregrino” (políglota, practicante de reiki, aprendiz de brujo y otros mil oficios) llega a La Paz, se emborracha (y se droga) con un cuate que conoce en la antigua plaza del Óvalo (Amaru); tiene sexo con la chica de su nuevo mejor amigo (Paloma), luego lo hace con él (en una de las pocas escenas eróticas homo de nuestro cine), y al final todos se curan y parten gracias a la ayahuasca. O sea, Søren cuenta una simple historia de infidelidad y desamor. Hasta aquí las buenas noticias. Los desbarajustes de la nueva película de Juan Carlos Valdivia no son ni sencillos ni simples.

Søren tiene un problema muy serio y se llama guion. Valdivia debutó adaptando novelas bolivianas al cine. Lo hizo con Jonás y la ballena rosada, de Wolfango Montes, y siguió con American Visa, de Juan de Recacoechea. Luego, cuando se lanzó a escribir, vio la necesidad de arropar sus textos con innumerables referencias intelectualoides e inspiraciones filosóficas varias. Søren no es la excepción: la repartija de frases aparentemente profundas (típicas de un manual de autoayuda o de los 280 caracteres) sobre el amor, la fidelidad, la libertad y el emparejamiento (de aves y personas) llevan hasta el ridículo un guion ya endeble.

Dejemos que hablen los personajes: “Una cama es un texto, tienes que leer tus sábanas y lo sabrás”; “Es mejor sentirse triste que no sentir nada”; “El amor es puro fuego y ¿si el amor fuera todo lo que no es?”; “La pareja es lo más bajo en la escala del amor”; “¿Vivir para uno o para los otros?”; “La fidelidad no existe, solo existe en la memoria”; “Si conoces el lenguaje de las aves, serás sabio”. Y ésta que me gusta harto: “Soy un monstruo y mi cama es un velódromo”.

Søren tiene otro grave problema y se llama elenco. Los actores y actrices, noveles en su gran mayoría, lucen tan perdidos (y sufridos) como el director. Recitan sus líneas (uno de los grandes males de nuestro cine) y transmiten inseguridad, inverosimilitud y perplejidad a partes iguales. La dirección que pudo haber corregido estas falencias de interpretación brilla por su ausencia. ¿Por qué hablan indistinta y aleatoriamente los personajes principales en castellano, inglés y francés?

Valdivia ha conducido su carrera cinematográfica entre dos aguas: el cine puramente comercial (y sus trabajos alimenticios de publicidad) y el cine de autor. Søren tiene otro problema gordo y se llama extravío: arrastra como lastre los vicios de la etapa comercial (el efectismo como bandera y el paisajismo como religión) y le suma los lugares comunes de la falsa autoría cinéfila.

Dice el afiche: “Søren, una historia de amor en una Bolivia que deslumbra”. ¿Era necesario un repaso exhaustivo a nuestros parajes más turísticos que arranca con el lago Titicaca, sigue por la “Ciudad del cielo”, continúa por los ríos amazónicos y Rurrenabaque, y termina en el salar? ¿Era necesario mostrar a Bolivia como paraíso del turismo de “estúpidofacientes” con “pepas”, “brownies”, plantas mágicas y “buenos viajes”?  ¿Mujeres Creando y María Galindo, perdón por la redundancia, se convirtieron en lo que más odiaban, un mero paisaje paceño?

La trilogía boliviana de Valdivia arrancó (muy) bien con Zona sur, se perdió con Ivy Marey y no se encuentra con la pachamámica Søren. Si el ascenso de una nueva burguesía y la confusión de la vieja clase dominante daban vueltas en la primera; en la última el director encapsula a una generación de “hipsters” políticamente correctos que no digieren el “chenko total”. Ahora el  joven “cholo masista” (con 10 casas en Calacoto, tres cholets y más poder y plata que nadie) es un esperpento que apenas alcanza a gritar consignas “enfermas” al estilo Arguedas: “Ódiame como nos odiamos los bolivianos”.

El cine de autor es tedioso y contemplativo, dicen. Søren tiene otro gran problema (van cuatro) y se llama ritmo. La “teatralidad” de los actores colabora en este despropósito. El abrupto final (otro de los males de nuestro cine, no sabemos terminar) y los saltos (innecesarios) en el tiempo, también. Dice Valdivia que Søren es el final de una etapa y el principio de otra: au revoir, bon voyage, compañero.

* Periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

en tendencia: desajustesfilmevaldivia

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