En la actual Bolivia todo es posible, pero nada es seguro. Los que denuncian actos de corrupción van a la cárcel; los médicos de familias sin pedigrí son condenados a 20 años de cárcel por juezas que, después de sus extraños desatinos, denuncian consorcios mafiosos. En cambio, los médicos de familias ricas, cuando cometen negligencia, se enferman y van al psicólogo; mientras que los políticos que cometen actos ilegales en familia (empresa familiar le llaman) no son considerados delincuentes.
Una larga lista de incoherencias y desaciertos nos recuerdan que en nuestro Estado la Justicia es solo un nombre vaciado de contenido. Ante la impotencia, los linchamientos son las respuestas más perversas y no sabemos lo que pasa en el otro lado, en las posibles víctimas.
Hace una semana, me encontré con el Charifas, un amigo que desde adolescente proclamaba su deseo de ser ladrón profesional. Así como otros jóvenes de nuestro grupo soñaban con ser médicos, ingenieros, artistas, policías o militares, el Charifas quería ser un choro fino, un chacho firme de guante blanco. Le gustaba llevarnos al cine a ver su película favorita: Borsalino, con Alain Delon y Jean Paul Belmondo. Le aconsejábamos que se dedique a la política para robar sin peligros, pero él hacía una tajante diferencia moral entre un ladrón profesional y un político corrupto.
Aunque parezca difícil creerlo, el Charifas es un gran lector y le encanta la filosofía. Quedó huérfano de padre y madre siendo niño, y fue criado por su tío, un célebre Alberto (el que vende cosas robadas) que pululaba por la calle Comercio. Es alto, blancoide, nariz aguileña. Se casó con una de las hijas del célebre Polkos, una especie de Robin Hood de la Buenos Aires. Enviudó joven y ahora es un chacho plantado (ya no delinque) que promociona a jovencitas que le llaman padrino, en la calle 12 de Octubre de El Alto, la zona caliente de proxenetismo y prostitución.
Reparte el tiempo entre la carpintería y su dedicación de “llevar mis chicas a trabajar y cuidarlas de los chanchos” los fines de semana, dice muy ufano sobre sus nuevas ocupaciones de delincuente jubilado. Nunca mató a nadie, nunca usó armas de fuego. Era de la vieja escuela de rafles. Un ladrón romántico, pero eso no le salvó de estar en la cárcel varias veces, ni de las múltiples palizas que le propinaban los policías y su tío. Fichado y señalado, aunque no era el culpable de muchos robos, igual iba a la cárcel.
Su robo más celebre ocurrió en plena dictadura banzerista. Una noche se apareció con un automotor de lujo y nos invitó a un tour por El Redondo, El Castillo, el Zepelín y otros antros de prostitución, colmados de variada especie humana y ahora fagocitados por la urbe. Dejó empeñado el coche porque no teníamos ni un céntimo para pagar el prodigioso consumo.
A los dos días apareció la noticia, casi oculta: el coche del Ministro del Interior fue encontrado empeñado en un lenocinio. El Charifas huyó al Brasil y se perdió varios años. Cuando regresó, nos informó que había culminado sus estudios profesionales para robar coches con elementos de seguridad modernos, y que sus maestros eran ladrones de alta preparación como cualquier especialista.
—Si no hubiéramos nosotros, ¿sería necesaria la Policía? Dijo, mientras alisaba su corbata color vino. “Gracias a nosotros ellos existen y comparten nuestros ingresos. Nosotros no recibimos doble aguinaldo, no tenemos seguro social, no tenemos renta, ni bonos, ni pulpería. Es la profesión más sacrificada, puedes perder la vida y nadie llora por nosotros, más bien, se alegran. Yo lo asumo así porque escogí este camino, pero mucha gente pobre lo hace porque tiene hambre. Matan por un celular, son unos perejiles porque no se preparan”.
Antes de despedirnos citó a Isócrates, el gran educador griego que escribió: “Sí, hay dos clases de igualdad, la igualdad de los iguales, y la igualdad de los desiguales”, mientras leía el letrero instalado sobre el muro de un café de la ciudad: “Todos somos iguales ante la ley”. —¿Tú crees eso? Dijo, mientras largaba una carcajada y mostraba una zeta hecha de alambre galvanizado, su instrumento de trabajo que ahora lo lleva como amuleto.
* Artista y antropólogo.






