La circulación en las principales vías de las ciudades del país suele ser lenta y estresante, y esta situación caótica puede adquirir ribetes de escándalo durante los festejos cívicos de carácter masivo. Por ejemplo, durante la celebración del Día del Mar, y en los días previos, la población tuvo que lidiar con el cierre de las principales calles y avenidas por parte de escolares, militares y otros sectores que acostumbran desfilar en estas fechas (algunos por gusto; otros, obligados).
Y es que cada 23 de marzo, la pérdida del Litoral se actualiza en el imaginario boliviano con ritos que se repiten en mayor o menor medida, siendo los desfiles uno de los más recurrentes entre la ciudadanía. El problema es que esta “apropiación” de calles y avenidas se realiza no solo durante la jornada de conmemoración, sino también durante las prácticas, que tienen lugar casi a diario en las semanas previas.
A esto se suma que los desfiles y las prácticas se realizan, por lo general, sin una planificación adecuada que contemple alternativas para evitar el caos vehicular y peatonal. Además, la interpretación de cientos de tambores, bombos, platillos y hasta trompetas al unísono genera una severa contaminación acústica.
Por ello, precautelando el bienestar y la salud de los ciudadanos que se supone tienen derecho de vivir en una ambiente saludable, sería más que deseable que las autoridades locales tomen cartas en el asunto, regulando estas prácticas y habilitando espacios adecuados para manifestaciones cívicas y desfiles como las que suscitan este comentario.






