Entre 2017 y 2018, el número de accidentes automovilísticos registrados por el Seguro Obligatorio de Accidentes de Tránsito (SOAT) casi se duplicó, estableciendo para el año pasado la cifra récord en número de siniestros atendidos desde 2001. Aunque es obvio, hace falta insistir en que ninguna máquina es responsable de los accidentes, sino, siempre, un ser humano.
La estadística brindada días atrás por la Autoridad de Fiscalización y Control de Pensiones y Seguros establece que en 2018 se atendió 13.783 casos de accidentes de tránsito, revelando además que el número de vehículos involucrados en los siniestros fue de 14.276. Asimismo, se observa que la cantidad de personas heridas se incrementó en 35%, de 12.356 heridos en 2017 a 18.795 en 2018. De este total, 14.276 estaban a bordo del vehículo y 4.519 eran peatones; el 66% fueron afectados por un coche de servicio público.
Además, esas cifras corresponden únicamente al parque automotor que tenía el SOAT, que el 2018 cubrió únicamente el 74% del total de automóviles legalmente registrados en Bolivia. Habrá que considerar las razones que pueden tener quienes prefieren no asegurar su automóvil, incluyendo el hecho de que no cuentan con papeles en regla, que tienen algo que esconder, o que realmente no le otorgan importancia alguna al riesgo.
Consultado al respecto, un experto en materia de transporte señala que el incremento en la siniestralidad está relacionado con el aumento del parque automotor, mas no únicamente. Observa que las políticas de prevención no son sostenidas, lo cual lleva a las personas a pensar que la amenaza es apenas potencial.
También señala el experto que una causa preponderante de los accidentes es el modo en que se comportan los conductores, quienes en lugar de practicar la conducción defensiva, tan de sentido común en gran parte de las ciudades con tráfico intenso, lo hacen de manera ofensiva, como si las calles fuesen un campo de lucha por privilegios.
La temeridad e irresponsabilidad de muchos conductores están inspiradas por la sensación de impunidad, ya que es evidente la laxitud con que los policías de tránsito aplican las normas: una ya vetusta pero todavía vigente (promulgada durante la dictadura de Hugo Banzer y útil para aplicar multas legítimas), y otra más adecuada, promulgada como marco para que los gobiernos municipales emitan las suyas propias.
Hay mucho que hacer para cambiar el modo en que las y los conductores se comportan en calles y carreteras. Sería buena idea que la empresa responsable del SOAT invirtiese parte de su presupuesto en verdaderos esfuerzos de prevención, lo cual no solo redundaría en menos gastos por servicios hospitalarios y mecánicos, sino que, sobre todo, mejoraría la calidad de vida de las personas, pues se sabrían menos amenazadas por los automóviles y sus conductores.






