La migración en el mundo es seguramente uno de los mayores problemas a resolver. Estados Unidos o Europa representan el sueño dorado de miles de personas, cuyos países de origen se han convertido en las pesadillas desde donde quieren salir, escapar, huir. Esto porque solo les ofrecen violencia, pobreza, desesperación. Aunque a donde quieren llegar les espera fronteras, puertas cerradas, jaulas, prohibiciones, humillaciones, discriminación, soledad. A pesar de ello, de todas maneras desean migrar, porque esos países han construido imágenes de ensueño, de riqueza, bienestar, derroche, comida en abundancia. Entonces, sin importar por lo que tengan que pasar, cruzan océanos, desiertos, ríos, muros alambrados, se cortan la piel, e incluso arriesgan la vida en el intento.
A su vez los países deseados se sienten invadidos. Afilan su rechazo, crean leyes (como civilizados que son) construyen cercos, islas, para que los otros sientan su repudio. Pero finalmente los aguantan, los soportan, porque los necesitan para que se hagan cargo de trabajos que los ciudadanos locales no quieren hacer. Porque aumentan las ganancias con mano de obra barata, con las horas extras que dejan de ser extras a la hora del pago. Los rechazan, pero buscan incansablemente atraerlos. Por eso desperdigan en cuanta hoja, libro, película, postal tengan lo hermosos que son sus paisajes, sus monumentos, sus casas y sus gentes, lo adelantados que están. Se presentan así como lo único válido, lo mejor, los modelos a seguir.
Hace unos días leí las declaraciones del economista y escritor senegalés Felwine Sarr. Sarr resalta que “se suele describir África con un discurso de carencias. Nunca hablamos de lo que tenemos”, haciendo referencia a los valores como la dignidad, el sentido de comunidad, la hospitalidad, los escrúpulos, el honor africanos. Y luego agrega que les han vendido el sueño occidental como lo único posible para realizarse; de allí la necesidad de construir una autoestima colectiva levantada desde valores propios.
Necesidad evidente también en nuestro país, siempre urgido y generalmente frustrado de logros a lo estadounidense o europeo. Siempre estamos hablando de Bolivia comparativamente, desde donde tenemos las de perder, porque los parámetros con los que nos medimos responden a otros estándares. Las estadísticas evidencian significativos avances económicos. Podemos tener más dinero en los bolsillos, pero nuestro sistema de valores está decreciendo, y nos lleva a cifras inimaginables de infanticidio, parricidio, feminicidio… Muestras de una sociedad insatisfecha, confundida y decadente. Vale la pena mirarse en espejos propios para reconstruirse con valores reales que, según las noticias, están escasos.






