El caso Diego Ayo, fugaz exvocero de Comunidad Ciudadana (CC), ha puesto en debate la necesidad, o no, de personas designadas para portar la voz autorizada de organizaciones políticas y candidaturas. ¿Debe haber voceros “oficiales” en procesos electorales? ¿Son necesarios? ¿O acaso prescindibles? ¿Contribuyen a la estrategia político-electoral o, más bien, como se vio, pueden ser un accidente?
No todos los partidos políticos y alianzas cuentan con voceros. Al menos no formalmente, en clave de función o “cargo” dentro del equipo de campaña. Se supone que la vocería es responsabilidad de las dirigencias y de las propias candidaturas, empezando por el binomio presidencial. Más que voceros, lo que hay son voces que sintonizan con el proyecto y lo difunden y/o defienden.
En el caso de CC, el candidato presidencial Carlos Diego Mesa presentó al señor Ayo como “Vocero” (así, con mayúscula) de la alianza. Fue el pasado 20 de junio, mediante un tuit con foto incluida. Se anunció que su aporte sería “fundamental” en la difusión de la propuesta. El vocero duró apenas 10 días luego de difundir no la propuesta, sino una cifra comprometedora.
Lo curioso es que tras la renuncia de Ayo por su “error” y verbosidad, resulta que el “Vocero” había sido uno más entre numerosos voceros de CC. “Somos siete”, dijo uno de ellos. Otro fue un poco más lejos: “tenemos decenas de voceros”. Por fuera alguien señaló la paradoja de que el comunicador Mesa tenga que recurrir a sucesivos portavoces, hasta ahora fallidos.






