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La noche del cazador de pulpos

El cerro es una manera de estar en el mundo, de mirar desde la cima nuestra geografía imaginaria.

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Por Ricardo Bajo
/ julio 16, 2019
en Voces

Hace frío en la Casa del Poeta, pero la tertulia calienta la noche con chismes y chistes, a cada cual más sabroso y picantoso. Unas 20 personas esperan en la sala de las presentaciones. El anfitrión (pintor de “garabatos”, caminante y poeta) ha llegado a la ciudad de los abrigos desde la Llajta y le dicen Quichi. Afuera, el artista de pelo largo cuenta anécdotas —irreproducibles todas, por supuesto— sobre los cuadros de coca que hizo para Evo. A ese artista septuagenario con correa de veinteañero le dicen Gas. Su gran amigo Wálter fogonea los ardientes chascarrillos. “Cuenta, cuenta la del retrato de Túpac Katari de Palacio Quemado”, dice con una pícara sonrisa.

Cuando el crítico toma la palabra ya en la testera va a decir que no está de acuerdo con Mitre. El orureño sostiene que la poesía de Quichi “sutura con su mirada y su voz un mundo fragmentado y en descomposición”. El crítico, que ha dejado de fumar, va a elogiar los paseos del poeta por mercados, canchas y calles; su rol de “filólogo puntilloso de la esquina”.

A estas alturas, los que estábamos sentados en el último patio vamos a escuchar el tono de los poemas en la voz de su propio creador. “Ir a llorar al cerro”, decimos en Cochabamba. El cerro se roba todas las atenciones, no la montaña, no la cumbre, no el macizo, no la cordillera, ni siquiera Él (Illimani). A Quichi y sus vagabundeos como flâneur solo le molesta una cosa: los edificios que todo lo tapan, los adefesios que nos roban el regalo del cerro, el acero y el cemento que nos ocultan la “mística de la tierra”, como dijera nuestro mayor filósofo, aquel que cambió Bolivia por la playa de Ipanema.

Los poemas de Quichi hablan de colibríes, de camisas y hombres felices (Viva buda), de palabras brotadas en el velorio de su madre, de insomnio en la placenta y estrellas que caían y caían como helechos. Llevo toda la noche pensando en quienes son los cinco mejores poetas bolivianos vivos. Le pregunto al Wálter, y me responde al toque: ¿acaso hay cinco? Mi antología personal e intransferible arranca así: Mitre, Quino, Mac Lean, Campero y Benjo, como vieja delantera de fútbol.

El cerro es una manera de estar en el mundo, de mirar desde la cima nuestra geografía imaginaria. Pasos y voces, el cerro es “gastronomía para los ojos”, como dijera Balzac. Un lugar textual, un “nudo semántico”, añade el crítico que ya no fuma.

La velada poética toca a retirada, los vinos se han terminado con velocidad estratosférica y otros bares del mundo reclaman el concurso de nuestros modestos esfuerzos. Nos vamos a Sopocachi, no sin antes convocar al arquitecto (nunca se sabe cuándo es necesario enriquecer lo construido). Llevo toda la noche haciendo la misma pregunta. El arquitecto pide tiempo y piensa, piensa y pide tiempo: Mitre, Quino, Mónica, Barriga y “Camperito”.

Estamos en la planta baja del nuevo (hotel) bar Selina en la 20 de Octubre, un antro para millennials con una camioneta Chevrolet de 1950 que hace de mostrador. No sé qué estamos haciendo acá cuatro señores mayores, casi todos por encima de los 50, como la camioneta. Por joder, el artista pide un plato de pique macho y los vasos de whisky y las chelas comienzan a sucederse, uno tras otro. La noche es joven, nosotros no.

“La última y nos vamos”, dice el arquitecto y caminamos hacia La Obertura. El artista posa frente a un cuadro suyo escondido en el callejón de “cuando quiso pintar con la mano izquierda en la lluvia ácida”. El fogonero sigue azuzando, como toda la noche (de leyenda). Así lo va a presentar Wálter al Gas ante un público imaginado: “El más grande artista boliviano / sobreviviente de Woodstock / persistente habitante de la noche y sus bares / acompañante de Catherine Deneuve por el lago / jugador de trompo en Santiago / aclamado varias veces en la Bienal de Venecia / y, principalmente, cazador de pulpos en Arica”.

Entonces el artista se para y hace una demostración en vivo y en directo para todo el boliche casi vacío: un pulpo debe ser sometido agarrándolo por la nuca, colocando sus ochos tentáculos sobre su cara y sus tres corazones, impidiendo que lance su tinta de camuflaje. Palabra de cazador.

* Periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

en tendencia: cazadornochepulpos

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