Qué lejos parecían las dictaduras, pero sus testaferros estaban al acecho en la América Latina democrática. Una prueba de ello es el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, quien desde antes de ser electo insultó, denigró y se burló de quienes padecieron las atrocidades de los regímenes militares en los 70. Antes de la globalización, los dictadores latinoamericanos compartieron mecanismos de tortura, desaparición forzada y muerte de quienes pensaban diferente bajo el común denominador de lucha contra el comunismo, logrando instalar regímenes de terror. Hoy, casi 50 años después, vuelven a aparecer con la sonrisa burlona y el cinismo que les otorga la impunidad y la creencia de que el pueblo no tiene memoria.
Ese cinismo es el que le concede a Bolsonaro la posibilidad de decirle al presidente del Colegio de Abogados de Brasil, Felipe Santa Cruz, que si un día “quiere saber cómo su padre desapareció en el periodo militar, se lo cuento. No va a querer oír la verdad. Yo se lo cuento”. Santa Cruz respondió como lo hicieron y lo harían cientos de familiares de muertos y desaparecidos, como lo hacen ahora las familias de Marcelo Quiroga Santa Cruz en nuestro país: “Mi abuela acaba de fallecer a los 105 años sin saber cómo su hijo fue asesinado. Si el Presidente sabe por ‘vivencia’ tanto sobre ese caso como en relación a los de todos los demás desaparecidos, nuestras familias quieren saber”.
Las dictaduras tienen deudas que pagar. Sus defensores actuales hablan sin pudor. Se adaptaron a la época con nuevos métodos de terror. Un ejemplo es la defensa de la tenencia de armas, justificando que si cada ciudadano tiene una en su casa, las mujeres (a quienes no quieren en absoluto) podrán defenderse más fácilmente de sus agresores, cuando en el fondo lo que buscan es que aumenten los casos de feminicidio. Eso es lo que está pasando en Brasil con los políticos correligionarios de Bolsonaro, como la diputada Leticia Aguiar, quien dice sin empacho alguno que “una mujer armada puede matar a su agresor, defender su vida y la de sus hijos”. Mientras que las víctimas de violencia argumentan que, con un arma de fuego en su casa, ya estarían muertas, porque de esa manera se le da al agresor un instrumento más eficaz y rápido para matar.
Las mujeres, los niños, indígenas, los gais, las lesbianas, los artistas, migrantes, cualquier defensor de la libertad, todo ser pensante que cuestione la violencia es un enemigo para estos defensores de las dictaduras. Viven, se autoalimentan de la impunidad en la que les permitimos insultar, gobernar, como enajenados. Se disfrazan de orden, trabajo, se muestran como demócratas a ultranza. Pero en realidad lo que traen es pobreza, desigualdad y terror. Que no nos engañen.
* Periodista.






