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Utopía y genocidio

La idea de una utopía urbana/rural ha estado siempre en el imaginario colectivo. Se planifican centros poblados adecuados, con extrema conciencia medioambiental, a través de medidas planificadoras y normativas que hagan realidad una distribución equitativa del campo y la ciudad. Se sueña con lugares donde los habitantes desarrollen sistemas de subsistencia con cero de huella […]

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Por Carlos Villagómez
/ agosto 12, 2019
en Voces

La idea de una utopía urbana/rural ha estado siempre en el imaginario colectivo. Se planifican centros poblados adecuados, con extrema conciencia medioambiental, a través de medidas planificadoras y normativas que hagan realidad una distribución equitativa del campo y la ciudad. Se sueña con lugares donde los habitantes desarrollen sistemas de subsistencia con cero de huella de carbono. Pero la historia nos muestra ejemplos atroces de querer llevar, a niveles extremos, esa utopía.

De 1975 a 1979, en la actual Camboya se instauró el régimen comunista de los Jemeres Rojos, acaudillados por un sangriento líder, Pol Pot, quien tomó el poder por las armas en un confuso panorama político. Ya en el poder, los insurgentes formaron un comité conocido como la Angkar (la Organización) conformado por la cúpula de líderes. A la cabeza estaba el Hermano Uno, Pol Pot; y el Hermano 2, Nuon Chea, recientemente fallecido. Ambos planificaron, inspirados en la revolución agraria maoísta y el Gran Salto, el cambio urbano/rural más extremo que conoce la historia universal.

Fundaron la República Democrática de Kampuchea y declararon el año cero de una sociedad nueva con decenas de cooperativas agrarias diseminadas por todo el territorio camboyano. Las ciudades fueron declaradas como las prostitutas del sistema capitalista, que habían envenenado las almas del pueblo urbano camboyano. Vaciaron todas las ciudades en un éxodo masivo hacia el campo tan brutal como asesino. Se ensalzó la figura del campesino sobre el habitante urbano estableciendo en cada cooperativa tres niveles de individuos. Los que tenían las manos tersas y cuidadas eran ciudadanos de tercera, sometidos a caciques rurales que desplegaron todo su odio hacia lo urbano.

Todo era colectivizado y se debía llegar a tener tres cosechas de arroz so pena de múltiples castigos. Todos vestían de negro y no existía lugar para el imperio y sus “cochinadas”. Todo debía ser un mundo nuevo y puro, en comunidades formadas a palos y con embarazos forzados para cuadruplicar la población en 10 años. La medicina, en contra de cualquier tecnología occidental, fue transformada hacia prácticas ancestrales.

Mientras todas esas atrocidades fulminaban a la población en el mayor genocidio comparativamente hablando de la historia (casi 2 millones de víctimas), el Hermano 1 y el Hermano 2, junto con toda la élite del Angkar, seguían viviendo a sus anchas en la desolada ciudad de Nom Pen. Esa utopía agraria, que retrocedió la historia de Camboya a épocas medievales, apenas duró cuatro años. Ergo: a pesar de todo, el ser humano ama vivir en la ciudad.

* Arquitecto.

en tendencia: ciudadesdesarrollogenocidioLa Pazutopia

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