El 1 de octubre, Día del Árbol en el país, tuvo una connotación diferente respecto a años anteriores, más sombría, por los incendios forestales que desde hace más de dos meses asolan nuestros bosques. Pero, por este mismo hecho, se vivió con mucho más interés. Y su conmemoración fue más que propicia para recordar el incalculable valor de los árboles y de las funciones ecológicas que proporcionan.
Por ejemplo, como hemos resaltado en otras oportunidades desde este mismo espacio, son una de las mejores opciones que tenemos para luchar contra el cambio climático y mitigar sus efectos. Esto porque además de absorber gases de efecto invernadero, regulan los cursos de agua, evitando inundaciones. Mantienen húmedo el ambiente, previendo las sequías. Aseguran la fertilidad y la firmeza de los suelos, evitando la erosión. Proporcionan alimento y cobijo no solo a los animales, sino también a las personas. Son la principal fuente de agua en muchas regiones, entre otras funciones ecológicas fundamentales para las sociedades y el medioambiente en general.
Por todo ello, además de políticas públicas que eviten de manera efectiva la deforestación incontrolada de nuestros bosques y la invasión de las áreas protegidas por parte de agricultores, ganaderos y colonos; urge un mayor compromiso de parte de la ciudadanía en general respecto a esta cruzada. Por ejemplo, cada uno de nosotros podría plantar 12 árboles al año, uno por mes. Y cuidar lo plantado. De tal manera que las buenas intenciones fructifiquen con acciones y compromisos concretos.






