La región está enfrentando un momento de grandes turbulencias políticas y económicas. Los recientes sucesos en Perú y Ecuador indican las dificultades crecientes de los liderazgos políticos para estabilizar la economía, en un contexto desfavorable y para reinventar un sistema político aquejado por la falta de confianza y credibilidad.
El choque de poderes en Perú ha conducido a un cierre del Congreso y a una precipitada convocatoria a elecciones para renovarlo. Durante un día, ese país estuvo al borde de un conflicto constitucional inédito, en el que incluso emergió la extraña situación de contar con una presidenta “en funciones” juramentada por un Congreso que no aceptaba su disolución. Afortunadamente, el conflicto se está canalizando institucionalmente.
Sin embargo, analistas políticos indican que la incertidumbre no disminuirá, pues no hay señales de que el Congreso elegido en enero de 2020, por un corto mandato de un año y medio, pueda ser de mejor calidad que el disuelto. El problema de fondo es la implosión del sistema político y la incapacidad de las élites para articular una gobernabilidad mínima ante la fragmentación de los partidos. Así pues, es posible que el próximo mandatario del país vecino sea un líder sin mayoría parlamentaria y con un apoyo social frágil y volátil. En ese contexto, difícilmente la economía peruana recobraría su dinamismo.
En Ecuador la crisis vino por la economía, pero sus resultados en términos de gobernabilidad débil e incertidumbre son los mismos. El gobierno de Lenin Moreno aprobó reformas en las que elimina la subvención al precio de los carburantes, lo cual, en el corto plazo, significa aumentar el costo del transporte. Esa decisión desató bloqueos de carreteras y graves incidentes en las principales ciudades ecuatorianas, lo cual llevó a decretar un estado de excepción. Este conflicto se produce en un momento en el que la aprobación del presidente Moreno no supera el 30%.
Estas turbulencias recuerdan a muchos ecuatorianos la etapa de alta inestabilidad que vivieron a fines del siglo pasado. El severo ajuste económico deberá consolidarse y dar resultados en los siguientes meses; pero nadie sabe qué impactos tendrá en el humor de la ciudadanía o en la gobernabilidad, considerando, por otra parte, que Moreno no tiene una mayoría propia después de romper con el expresidente Correa.
Este panorama es un nuevo indicio de los tiempos peligrosos que se viven en América Latina, donde empiezan a combinarse crisis políticas con graves desbalances económicos. Un coctel explosivo reforzado por el debilitamiento de los sistemas de partidos. Esto se parece, cada vez más, a lo que vivió la región a fines del siglo pasado, pero sin que aparezcan en el horizonte las fuerzas para encauzar estas crisis. Por lo pronto, la incertidumbre y el miedo son la tónica.






