La comunidad internacional conmemoró ayer el Día Mundial de la Salud Mental, recordando que la depresión y su peor consecuencia (los suicidios) se han convertido en uno de los males más extendidos del planeta. Por caso, según la OMS, cerca de 300 millones de personas sufren depresión en el mundo, de las cuales unas 800.000 se quitan la vida cada año, siendo los hombres mayores de 60 años los más vulnerables. Además de evidenciar un preocupante déficit de atención hacia este sector, las cifras mencionadas ponen en relieve la necesidad de encarar esta problemática con mayor rigor, sobre todo tomando en cuenta que la mayoría de los suicidios (9 de cada 10, según los expertos) devienen por enfermedades mentales, cuyo diagnóstico temprano y tratamiento adecuado permitirían reducir su incidencia significativamente.
Y precisamente es en este ámbito donde se deben concentrar los esfuerzos, pues si el sistema nacional de salud se muestra más que deficiente a la hora de tratar enfermedades físicas, la atención de trastornos mentales es casi nula. Además, por prejuicios y temores quienes padecen dolencias de este tipo, así como sus familiares, no suelen comentarlas y mucho menos buscar ayuda profesional para tratarlas. Por ello, urgen políticas públicas que garanticen una atención adecuada en materia de salud mental; junto con programas orientados a erradicar las barreras culturales que impiden identificar y enfrentar las enfermedades mentales, a tiempo de contener los factores que suelen actuar como detonantes de estos episodios como la pobreza, la violencia y el desempleo, entre otros.






