Entre el 17 y el 18 de octubre, en la ciudad de Oruro tuvo lugar un crimen que carece de nombre, cometido por mentes enfermas cuya lógica escapa a cualquier explicación de tipo moral. Nos referimos a la violación grupal que padeció una adolescente de 17 años, perpetrada por cuatro “amigos” suyos, también adolescentes (de entre 16 y 17 años), con tal brutalidad y morbo que finalmente, después de dos semanas de lucha, la víctima falleció por causa de los daños físicos sufridos.
Según señala el informe forense, los agresores utilizaron incluso palos y fierros para vejarla, con lo cual llegaron a perforarle el intestino grueso, además de causarle desgarros y otros daños internos que provocaron su muerte. Como es de suponer, este caso ha consternado no solo a la familia y a los amigos de la muchacha, sino también a gran parte de la sociedad. Y es que ni siquiera se puede atribuir semejante horror a un ajuste de cuentas cometido por criminales de larga data, con el propósito de mandar un “mensaje”. No, los autores confesos de este execrable crimen son adolescentes que conocían a la víctima, y que se “habrían dejado” llevar por la violencia con una inquina extrema imposible de comprender.
Crímenes de esta naturaleza deberían llevar a preguntarnos qué estamos haciendo mal como sociedad, al extremo de “formar” adolescentes trastornados, que en lugar de esforzarse por alcanzar un futuro mejor se preocupan por satisfacer sus instintos más básicos, totalmente carentes de dominio propio, responsabilidad y consideración por el resto.






