De las varias transformaciones drásticas que el Gobierno transitorio está imprimiendo a las políticas de Estado, es probable que una de las más vistosas sea la referida a las relaciones internacionales del país, y aunque en este campo son varias y polémicas las decisiones adoptadas, la reciente designación de un “embajador extraordinario con representación plenipotenciario” ante EEUU será la más trascendente de todas.
Aunque las relaciones entre Bolivia y el país del norte se mantienen en el ámbito de encargados de Negocios, la Canciller ya anunció que el diplomático Wálter Serrate Cuéllar tiene la explícita misión de “adelantar gestiones” para la mejora de las relaciones bilaterales. La Ministra de Relaciones Exteriores explicó que la designación está entre las atribuciones de la Presidenta interina, y que será el próximo gobierno, luego de un trámite parlamentario, el que designe un embajador permanente.
El flamante Encargado de Negocios es asimismo prueba tangible de la voluntad expresada por la actual jefa de la diplomacia boliviana de designar únicamente a funcionarios de carrera en las diferentes representaciones diplomáticas de Bolivia. Serrate es un conspicuo diplomático, de profesión ingeniero y economista, con estudios doctorales y experiencia en las relaciones multilaterales, habiendo sido representante permanente de Bolivia ante Naciones Unidas, amén de tener abundante recorrido en el ámbito de la academia.
Es probable que la diplomacia estadounidense reciba con gran agrado el gesto de nombrar a una persona de tal perfil, pues representa una voluntad urgente de restablecer relaciones a nivel de embajador, suspendidas desde hace 11 años, cuando el entonces Presidente expulsó al representante de EEUU acusándolo de injerencia en asuntos internos del país. A tal expulsión siguieron las de la Agencia Antidrogas estadounidense (DEA) y la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (Usaid).
El restablecimiento total de las relaciones bilaterales con el país del norte seguramente implicará el retorno de ambas agencias, y resta ver cómo lidiará la nueva diplomacia boliviana con los condicionamientos que son habituales con la presencia de representantes del Departamento de Estado estadounidense en cualquier país, como evidencia el proceso entablado por el Congreso de EEUU contra el presidente Trump por haber ejercido presión indebida sobre el Gobierno de Ucrania, y que podría culminar con su destitución.
No es la única decisión polémica: la Cancillería ha retirado al país de foros multilaterales como el Alba o Unasur, y —sobre todo— ha expulsado a las y los representantes de Venezuela para establecer relaciones con el gobierno “en ejercicio” de Juan Guaidó, cuya diplomacia parece haber entrado en crisis en los últimos días. Corresponderá al próximo gobierno fijar o no el rumbo hoy tomado. Mientras tanto, la nueva diplomacia avanza a pasos agigantados en su plan de virar en 180 grados lo hecho en los últimos 13 años.






