Estamos viviendo en un mundo en sobresalto. Un mundo de guerras y luchas, conflictos permanentes, megaciudades violentas, en agitación y desequilibrio constante. Las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) han acortado las distancias, los eventos, los lugares, los sucesos. La globalidad tiene carácter de inmediatez, de cercanía permanente, de visión y consecuencias globales.
Asimismo, las fronteras se acortan cada vez, se mueven y desaparecen. Un hecho lo altera todo. El equilibrio de un país puede cambiar el de una región; y el equilibrio de una región puede cambiar el equilibrio general. En ocasiones, la multiplicidad de los sucesos y la velocidad en que ocurren afectan la capacidad de discernimiento y comprensión de las personas, lo que les imposibilita alcanzar una percepción exacta de los acontecimientos. A pesar de ello, el ser humano no puede dejar de ser reflexivo y analítico, y debe detenerse en sus consideraciones esenciales.
La pandemia generada por el coronavirus Covid-19 ha colocado a la sociedad mundial en un dilema que preocupa a la mayoría de la gente, afectando a gobiernos, mercados, a la vida pública y privada de las personas, y en particular a la tranquilidad social. A propósito de este fenómeno, Liane Dilda resalta las reflexiones del filósofo brasileño Luiz Felipe Pondé, quien en un reciente ensayo advierte que desde hace años nos encontramos inmersos en una “sociedad de la paranoia”, que se refleja en diversos aspectos.
Este sentimiento muchas veces se genera como método de control de grupos que condicionan sus comportamientos a concepciones y estímulos formados en un momento dado. Muchas veces estos temores, angustias y creencias —sean verdaderos o no— causan caos, desarticulan emociones y pueden producir a respuestas imprevisibles de parte de los ciudadanos. Cuando la paranoia se estimula, corremos el grave peligro de dejar de reflexionar y de pensar, y en consecuencia, no sabemos cómo actuar frente situaciones complicadas.
En su análisis, el filósofo brasileño nos advierte de los errores y las faltas en que incurre el “inconsciente colectivo”, que forma conceptos y genera actuaciones grupales muchas veces insensatas y preconcebidas. Con acierto, indica que en Brasil “lo primero que debemos hacer es combatir el virus de la paranoia”. Y advierte que este comportamiento puede conducir a extremos que no solo alteran la economía, sino que además nos inducen a creer que nos aproximamos insensatamente al fin del mundo tal y como lo conocemos.
Por otro lado, Pondé señala correctamente que el coronavirus Covid-19 “no es la peste negra”, enfermedad que en su momento fue terrible pero aún así que no destruyó a la humanidad. Y nos recuerda que cuando las personas en general y los líderes en particular actúan con sensatez, con solidaridad, con sentido inteligente y constructivo, con transparencia en el uso de los recursos en favor del bienestar común se superan los obstáculos y se minimizan los efectos negativos de los problemas.
La pandemia desatada por el Covid-19 y los efectos de la crisis actual han puesto en evidencia la necesidad de unificar el sistema público y el privado en situaciones de emergencia, y de mejorar la infraestructura y los programas de atención médica. Asimismo, hace falta que las políticas de salud, higiene, educación, calidad del ambiente, lugares de trabajo y reuniones cumplan nuevas exigencias; que el comercio, el turismo, y el intercambio en general se desarrollen con reglas más estrictas. La solidaridad (como dice Dilda) debe ser una prioridad. Y por último, urge que la salud pública sea un derecho universal, un compromiso mayor y una responsabilidad global.
José Félix Díaz Bermúdez es abogado e historiador.






