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La cuarentena con empleada

Los ‘jailones’ han sido educados en la idea de que, igual como ocurre con un horno o una aspiradora, es posible ‘amar’ a los pobres al mismo tiempo que se los usa.

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Por Fernando Molina
La Paz / abril 30, 2020
en Voces

Cada sociedad y, dentro de ella, cada clase social y cada grupo de estatus están haciendo cuarentena como lo que son. No hay ninguna novedad en ello. Aunque la pandemia es un hecho radicalmente novedoso para todos, la reacción frente a ella tiene por fuerza que estructurarse según los patrones sociales existentes. Dime cómo cumples la cuarentena, y te diré quién eres. Esto es verdad a nivel individual, pero sobre todo lo es en lo referente a las agrupaciones sociales. “Todos estamos en el mar –decía un meme–, solo que unos navegan en yate, otros en chalupa y muchos tiene que nadar con todas sus fuerzas”.  

Ahora bien, en Bolivia la desigualdad siempre se reviste de un aspecto étnico. Mientras que las clases medias del mundo están lidiando con la necesidad de compatibilizar el teletrabajo, el aburrimiento por la falta de interacción social, la híperconectividad y una lista (más exigente que nunca) de tareas del hogar, muchos “jailones” bolivianos, cuyos ingresos no son muy superiores que los de aquellas, tienen, sin embargo, la posibilidad de entregarse por completo a sus celulares, a sus conferencias por Zoom, a su televisión por cable y a sus series de Netflix, e incluso a la preparación de sus recetas de comida gourmet, porque el trabajo bruto de la casa, la fatigosa faena higiénica de todos los días, el rasgueo rítmico de la escoba, el minucioso desempolvado de los muebles, la desinfección científica de los inodoros, todo esto sigue a cargo, como siempre, de mujeres indígenas que han llegado a la cuarentena, también, como lo que son: “criadas” condenadas a vivir la vida de sus patrones.

Se hallan en casa de ellos, por supuesto, por razones económicas, porque se les paga, un hecho que se supone sea la expresión más refinada de la justicia transaccional, aunque a menudo implique que deban estar laboralmente disponibles durante todas las horas diurnas y algunas nocturnas, e inclusive los fines de semana. Nada importan –nadie piensa en– las necesidades no económicas, en el efecto de vivir semanas y semanas lejos de la familia, entre otras cosas.

Todas las sociedades se diferencian según el estatus, es decir, el reconocimiento social. Weber dice que, a diferencia de las clases, estos grupos son “comunidades”, lo que significa que tienen un carácter más orgánico, unos bordes menos porosos y difuminados. Los grupos de estatus no emergen simplemente de una situación de mercado, son el resultado de un complejo tejido de relaciones interpersonales. Si las clases se diferencian entre ellas por la forma en que producen, los grupos de estatus se distribuyen en la escala social por la manera en que consumen, por los estilos de vida que cultivan. De ahí la necesidad de realizar –y, por supuesto, de postear en Instagram– viajes lejanos, deportes elitistas, comidas extranjeras y tenidas sexis; pero también de convertirse en pasantes de un preste o en los bailarines principales de una morenada.

Las diferencias de estatus son ubicuas, ¿pero qué nos dice el que esta pulsión diferenciadora universal incluya y suponga la transformación de unas mujeres –a las que se dice “adorar”– en algo así como aparatos electrodomésticos? ¿Qué expresa el que la pertenencia ha determinado estatus social implique la total incapacidad, sobre todo en los varones, de encargarse del cuidado propio (cocinar la propia comida, limpiar la propia mugre)? ¿Y qué nos dice el que las empleadas domésticas, casi sin excepción, pertenezcan al estatus indígena, permitiendo distinguir a este estatus porque en él se dan formas de consumo que solo son posibles en la medida en que algunos de sus miembros son “criados” de otros que tienen recursos para ofrecérselas?

Las respuestas a estas preguntas mostrarían los efectos que una histórica primacía étnica provoca en una élite social. En tales circunstancias, no puede extrañarnos la noticia de que cierta influencer haya prometido ayudar a las familias que seleccionaría a través de un “concurso de pobreza” en las redes; o que una fundación, para colmo pública, haya ofrecido premiar a los artistas nacionales por escribir poemas y cuentos, pintar cuadros y filmar cortos sobre la pandemia, el hambre de los sin trabajo, el terror de los contagiados, la desolación de los hospitales, los entierros en fosas comunes… Estos son reflejos típicos de la élite nacional. Los “jailones” han sido educados en la idea de que, igual como ocurre con un horno o una aspiradora, es posible “amar” a los pobres al mismo tiempo que se los usa.

Fernando Molina, periodista

en tendencia: ColumnistaCOVID19CuarentenaempleadaOpiniónpandemia

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