La Ministra de Desarrollo Rural y Tierras intentó días atrás justificar la introducción de cultivos de semillas transgénicas, argumentando desde una aparentemente evidencia que todos tenemos alimentos con algún ingrediente “trans” en algún lugar de la despensa o refrigerador. Incluso si esto fuese real, ello no significa que esté bien introducir este tipo de semillas en la producción de alimentos.
Si hay un tema de agenda que ha puesto al Gobierno a trabajar a toda prisa, luego de la “pacificación” (incluso con el uso desmedido de la fuerza), es la generación de los permisos para posibilitar la introducción de cultivos transgénicos en el país. El Decreto 4232, que instruye un procedimiento abreviado para iniciar los estudios respectivos, expresa en su parte considerativa que se pretende garantizar la seguridad alimentaria del país. La Ministra ratificó este propósito.
Asimismo, con el fin de demostrar una actitud de “hipocresía” en las críticas al intento de dar luz verde a la ambición de la gran agroindustria desde al menos dos décadas, la autoridad exhibió diversos productos de consumo masivo que tienen componentes transgénicos en su receta. “¿Quién no ha consumido una Coca Cola, una Fanta; quién no ha comido un Snicker, un chicle Clorets, un M&M y las Zucaritas de Kelloggs?”, cuestionó la autoridad, confirmando lo que una parte de la opinión pública ya estaba expresando en comentarios en redes sociales.
Sin embargo, hay algunas falacias en tal argumentación. Una de ellas está en el hecho de que, probablemente con excepción de las gaseosas, todos los productos señalados son consumidos por familias de mediano o alto ingreso económico. Y no solo eso: están lejos de ser la dieta cotidiana en muchos de esos hogares más favorecidos, donde a menudo, incluso solo por moda, se prefiere la comida orgánica.
Asimismo, cabe insistir, no por el hecho de que un producto sea muy consumido significa que sea sano. Este es el caso del tabaco por ejemplo, en cualquiera de sus formas, de las bebidas alcohólicas e incluso de algunas sustancias controladas, que no solo son dañinas para la salud, sino también ilegales. Cabe recordar que en otros países hay mucho debate no solo por el contenido “trans” de los alimentos altamente procesados, sino también por el modo en que son producidos.
Finalmente, creer que algo está bien o es aceptable “porque todo el mundo lo hace” debería conducir a legalizar otras prácticas muy extendidas en la sociedad. Una de ellas podría ser la interrupción involuntaria del embarazo, que no solo se practica profusamente, sino que por ser ilegal y perseguida penal y moralmente ocurre en condiciones de alta peligrosidad con elevada morbimortalidad. Al menos en este caso hay razones de derechos humanos detrás de la demanda de despenalización. Legalizar y legitimar los cultivos transgénicos necesita, pues, no solo pruebas técnicas, sino fundamentalmente de debate público sobre la materia, de manera urgente.






