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El peligro de la narrativa

Claramente, una buena narrativa es más efectiva que un conjunto de datos y análisis.

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Por Natalia Rodriguez Blanco
La Paz / junio 2, 2020
en Voces

La sociedad boliviana atraviesa una doble crisis: sanitaria y política. Los últimos meses estuvimos estrictamente confinados y sobreexpuestos a los medios de comunicación y a las redes sociales. Ambos factores influyen directamente en nuestra interpretación de la coyuntura y del relato que la engloba. La narrativa propone que el comportamiento de las personas está guiado por las historias en las que creen sobre los eventos de los que son parte. Estudiosos de la narrativa postulan que ésta se relaciona con el impulso de moralizar la realidad, si no es desde ya una función de dicho impulso (White, 1981). De esta forma, se retoma el poder retórico para hacer creíble la versión del narrador sobre la situación narrada.

Por tanto, cabe preguntarnos quién narra nuestro presente. Por un lado, los portavoces del discurso oficialista. Por otro, los medios de comunicación que fungen como canal de difusión masiva, pero también como engranaje para que tal discurso sea socializado, institucionalizado y legitimado en la opinión pública. Esta narrativa abunda en preceptos religiosos. Muestra de ello es el llamado reiterativo a la oración y ayuno desde la cabeza gubernamental como principal medida para contener la pandemia. La iglesia encarna, así, una imposición frente a la laicidad del Estado.

Asimismo, dicha narrativa se manifiesta bajo una lógica binaria que propone tres dimensiones: moral, pragmática y elusiva. La dimensión moral se representa como una mano dadivosa y benefactora, es maternal. Esta es la que nos bendice, nos protege y se sacrifica por nosotros. Su par, la otra mano, es belicista, para ella priman la punición y el señalamiento. Esta mano criminaliza, divide, domina y castiga; es incuestionable mientras vivamos bajo su techo. Se aplica la una o la otra mano según seamos obedientes o desobedientes, decentes o salvajes, limpios o infecciosos, redimibles o culpables.

La dimensión pragmática corresponde al establecimiento de la falsa dicotomía: salud o elecciones. Mientras unos son portadores de salud y buen juicio, los otros piden elecciones, en supuesto detrimento de la salud nacional. Tal falacia se disuelve al existir protocolos para la realización de procesos electorales en situaciones de crisis (como el del IIDH), o al haberse recientemente celebrado comicios en Surinam. Igualmente cabe señalar que el proyecto de ley para tal efecto fue propuesto por el propio TSE, ente gestor electoral y técnico.

La dimensión elusiva engloba las dos previas y suma el intento de eludir la falta de datos verosímiles y transparentes sobre los préstamos y donaciones del BCB y de la comunidad internacional, de su ejecución y de la respuesta gubernamental ante la coyuntura sanitaria. Frente a esta noción difusa del quehacer estatal, cimientan en la población un culpable tangible. Se construye al chivo expiatorio a fin de deslindar la responsabilidad de las autoridades interinas en actos de corrupción, estableciendo un enemigo común e interno. Esta “culpabilización” es a la vez moralizadora.

Pues bien, este entramado discursivo nos emplaza a dos momentos. Primero, nos atemoriza y despoja de nuestra capacidad de agencia, nos individualiza y neutraliza como comunidad. Luego, una vez naturalizado, cedemos ante este relato. Es decir, aceptamos la bendición aérea desde nuestra profunda vulnerabilidad. Claramente, una buena narrativa es más efectiva que un conjunto de datos y análisis. Se debe saber contarla y crear los canales suficientes para que ésta se ancle en la sociedad. Ejemplo de ello son los exiguos bonos que no terminan de materializarse o las entregas de alimentos a diversos sectores sociales, que más parecen migajas.

En ese sentido, el objetivo principal de esta narrativa es neutralizar la disidencia política a través de los siguientes mecanismos: la criminalización del hambre, imponiendo rasgos étnicos a la enfermedad; la politización de la legítima demanda por condiciones durante el confinamiento y por transparencia institucional; y la intimidación sistemática mediante decretos mordaza a título de desinformación. Recargado de imaginarios racistas y estigmatizadores, este objetivo narrativo escamotea los temas de fondo: negligencia, corrupción, militarización, desmantelamiento del Estado, abuso de poder y, principalmente, restricción de derechos fundamentales.

En la otra vereda prima el doble rasero puesto que las autoridades vierten hoy contenidos desinformativos sin mayor represalia. Mientras escribía esta nota, el responsable de migraciones tuiteaba que “el MAS” no dejaba ingresar equipamiento médico al Beni, utilizando material fotográfico de dos años atrás. Incluso, un viceministro lanzó falsas acusaciones sobre la presidenta de la Asamblea Legislativa hace dos semanas. Si bien el descontento es general, abundan ejemplos similares para implantar el supuesto atentado a la salud pública de parte de un sector específico.

Entonces, una vez comprendidos los propósitos del narrador, corresponde ver su efecto como receptores del mensaje. La repetición arbitraria y carente de asidero de sedición, terrorismo o desinformación hace que asumamos esa narrativa y así disminuya nuestro cuestionamiento sobre los hechos que nos presentan. Anula nuestros filtros frente a la información, por ejemplo, para notar que carecemos de suficientes datos prospectivos sobre el COVID-19 a nivel nacional. A la vez, genera que relativicemos los acontecimientos y nos enajenemos de las realidades de otros. En suma, nos confirmamos como obedientes o desobedientes.

Finalmente, habiendo estado confinados, colgados del relato oficial validado por un cerco mediático, vigilados y en vigilia permanente, ¿cómo escapamos de esa narrativa? Debemos, pues, renarrarnos desde nuestros puntos comunes en tanto población: desde el hartazgo y en rechazo al abuso, a la militarización y su efecto opresivo en nosotros, a la naturalización del discurso violento, racista y alienante. También, debemos reconocernos capaces de asociarnos, sabernos soberanos y pacíficos, saber que nuestra honda tradición agrícola merece más que transgénicos y su propaganda insultante y chatarra. Debemos sabernos humanos y con derechos fundamentales inalienables, capaces de empatizar frente a la hambruna, la enfermedad y la represión que hoy enfrentamos como sociedad.

Natalia Rodriguez Blanco, lingüista e investigadora social.

en tendencia: ColumnistaCrisisNarrativaOpiniónpeligroSanitaria

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