Las frecuentes violaciones colectivas que conmueven hoy a la India me traen a la memoria las reflexiones contenidas en mi libro Pueblos sin voz, publicado en 1994, que abogaba por los derechos de aquellas comunidades postergadas a lo largo y ancho del Planeta: kurdos, palestinos, uirgurs, tibetanos, catalanes, vascos y otros, a los que añadí las naciones quechua y aymara (antes de la invención del Estado Plurinacional). El común denominador entre todas ellas era la carencia de su respectivo Estado que las represente en el tinglado internacional. Esa fue la razón de bautizar mi obra como “pueblos sin voz”.
Aunque la lucha continúa, en la actualidad subsiste en la India, la más grande democracia del mundo, aquella odiosa estratificación social de las castas, instaurada desde hace 2.500 años. Si bien todos son étnicamente indios, la tonalidad de la piel y otras consideraciones propias de la religión hindú continúan dividiendo a la sociedad, de acuerdo con la anatomía del dios Brahma, que ubica en el nivel más alto a Brahmanes (sacerdotes y maestros), luego a Chatrias (políticos y soldados), seguidos por los Vaishias (comerciantes y artesanos) y los Shudras (obreros y campesinos). La base está conformada por los Dalit, los intocables, que son considerados impuros, cuyo Kharma (destino) solo podrá ser superado en repetidas reencarnaciones.
A ese enjambre de creencias, se añade la legendaria enemistad entre hindúes y musulmanes, mayorías religiosas que despiertan incontrolables pasiones. En ese marco, el 14 de septiembre pasado una joven dalit de 19 años en el Estado de Uttar Pradesh fue salvajemente violada y masacrada por cuatro hombres de la subcasta superior de los thakur, muy influyente en la región. Ello explica que el cadáver de la víctima hubiese sido cremado de inmediato para encubrir la violación. Semejante atropello está fuera de la letra muerta de la Constitución que teóricamente afirma la igualdad entre los ciudadanos y prohíbe la discriminación basada en la religión, la casta, el sexo o el lugar de nacimiento. Lamentablemente, en la práctica, los cerca de 200 millones de dalits siguen siendo parias en la India (1.300 millones de habitantes). Curiosamente muy pocos de ellos pueden abrirse paso hacia los retos de la modernidad, siendo excepción notable el dalit Ram Nath Kovind, actual presidente de la Republica. No es el caso de la inmensa mayoría de “intocables” a quienes únicamente se les reserva las ocupaciones laborales más despreciables como la limpieza de baños públicos, el recojo de basura, o el cuidado de las bestias. La percepción que esa gente continúa siendo impura hace que personas de castas superiores no los toquen, no les hablen y menos compartan comida con aquellos. Inútil añadir que el matrimonio con un dalit está proscrito y que la supuesta relación carnal inter-casta acarrea frecuentemente los “crímenes de honor”.
Como sucede en buena parte del mundo no-occidental, las tradiciones sobrepasan a las legislaciones modernizadoras.
Por otro lado, preocupa que la división de castas se traslade a la numerosa diáspora de migrantes indios, incluyendo en los Estados Unidos, ahora de moda con la posible ascensión a la vicepresidencia de Kamala Harris, cuya madre, brahmán, es oriunda de Madras.
Eso demuestra que aun fuera de la madre patria, la casta sigue primando, recordando aquel adagio orwelliano “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que los otros”.
Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.






