Teresa Gisbert y José de Mesa leen el segundo tomo de la Historia del Arte hispanoamericano de Diego Angulo Iñiguez y Enrique Marco Dorta publicado por Salvat Editores. La sorpresa es mayúscula cuando se topan con un lienzo del cochabambino/altoperuano Melchor Pérez de Holguín Flores. Estamos en Madrid en 1951. No es cualquier cuadro, es una obra única, de casi seis metros por tres. Es la Entrada del Virrey Arzobispo Morcillo en Potosí de 1716. El citado libro dice que el lienzo está (y sigue estando) en el Museo de América, inaugurado hace siete años (1944). Ha sido donado por la familia Musco de Toledo. Doña Teresa y don José parten veloces a la flamante pinacoteca situada en el campus de la Universidad Complutense. Charlan con la directora del museo y Pilar Fernández Vega les conduce hacia una obra excepcional en toda la historia del arte virreinal americano. Todavía no está en exhibición, acaba de ser restaurada por el Museo del Prado. Frente a ellos, frente a ojos bolivianos por primera vez en mucho tiempo, está don Melchor autorretratado. Pérez de Holguín no tiene rasgos europeos ni es albino, como algunos han querido imaginar en Bolivia.
Doña Teresa lo describe así en un texto para la revista Arte en América y Filipinas de la Universidad de Sevilla (también reproducido en los años 50 por el periódico La Razón): “Melchor es un hombre de rasgos duros y morenos. Sostiene la paleta y los pinceles —símbolos de su oficio— en las manos. Es un hombre de edad madura, después de haber pasado la cincuentena. Tiene los rasgos de un perfecto mestizo. Surcan su frente y su cara profundas arrugas. De pobladas cejas separadas por un profundo ceño, tiene ojos oscuros y vivos, remarcados con profundas sombras que otean la lejanía, como en demanda de inspiración. La nariz es aguileña y gruesa. Un bigote poco poblado enmarca su boca que cerrada con decisión tiene un rictus muy similar al que pone el pintor en muchos de sus personajes. Un amplio chambergo cubre su cabeza, dejando descubierto por el costado izquierdo la negrura de una gran cabellera. Su estatura es mediana, no es un hombre de complexión muy robusta. Viste gran capa color ocre claro con vueltas negras”.
Ahí tenemos, siglos después, al cronista profano, autorretratado como hiciera después el maestro Velázquez en Las Meninas, contando historias a una pareja boliviana estupefacta ante la entrada del Arzobispo de La Plata (Sucre) en la Villa Imperial camino a Lima. Por acá, ven a las mujeres potosinas en los balcones y sus tapices junto a la antigua Casa de La Moneda. Por allá, sigue flameando y resistiendo desde la noche de los tiempos la wiphala en el templo de San Martín. Por acá, bailan las comparsas de los azogueros con sus máscaras; ora ridículas, ora misteriosas. Por allá, marcha el Rey de los “etíopes” junto al monarca de los collas y la casa otamana con carísimos turbantes. El Alcalde Mayor llega en un caballo escoltado por veinte pajes de hacha de cera. Y detrás, los Doce Héroes, el Cid, el sol, la luna y otros planetas. Un carro triunfal con agradable música es acompañado por ninfas, galanes y la Princesa de los Incas con vestidura a su uso. Un viejo platica con una muchacha y dice: “hija pilonga, as bisto junto tal maravilla”. Y ella responde, como se respondía antaño en Potosí: “alucho, enciento i tantos años, no e visto grandeza tamaña”. Por ahí, camina don Bartolomé Arzáns, nuestro mejor cronista, apuntando cada detalle para que todos nos enteremos mucho tiempo después. Es el particular Jardín de las delicias de Melchor, acusado de hereje por la crema y la nata de la Villa Imperial. El Edén estuvo en Potosí, el infierno somos nosotros.
Entrada del Virrey Arzobispo Morcillo en Potosí es el primer gran reportaje de Nuestra América. Es la primera gran crónica (foto)gráfica, el mejor plano secuencia. Es el primer cuadro político del arte colonial, lejos de vírgenes y santos. ¿Cuándo salió de Bolivia la gran obra de nuestro arte? ¿Dónde te has perdido Brocha de Oro? ¿Cuándo vas a volver a tu Potosí de las mil y una maravillas? El icónico cuadro de Pérez de Holguín es nuestro Guernica y como éste debería estar en la ciudad/país que lo inspiró y no en un foro lejano.
Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo






