Para ejercer el mal, nos advierte Arendt, a veces no es necesario estar guiado por malos pensamientos, sino simplemente no pensar. Millones de alemanes se sumaron sin objeción alguna al esquema genocida ideado por los nazis en la Solución Final, y sus principales ejecutores demostraron no sufrir ningún remordimiento tiempo después: Adolf Eichmann, criminal de guerra del Tercer Reich y uno de los principales organizadores de la matanza de judíos durante los estertores de la Segunda Guerra Mundial, se defendió de los cargos que pesaban contra él ante un juzgado en Israel señalando que “solo cumplía órdenes”
¿Qué ordenes eran esas? “Matarás”. Muy pocos objetaron.
¿Cómo pudo todo un pueblo ser indiferente ante tal monstruosidad? Filósofos como Hannah Arendt pasarían casi toda su vida explicando aquello que no debió suceder, pero sucedió. Una de las respuestas: para que tales hechos se dieran, se tuvo que perder primero el sentido común, y luego, toda preocupación por tener que vivir con uno mismo. Solo la muerte de la conciencia nos liberará de la culpa y así podremos dormir tranquilos: Sacaba, Senkata…
Pocas horas después de que Jeanine Áñez fuera posesionada inconstitucionalmente como presidenta transitoria, decenas de convoyes militares y policiales se desplegaban por todo el país contra las revueltas provocadas por el golpe de Estado bajo la tutela del Decreto 4078, una licencia para matar. Primero en Sacaba y luego en Senkata, las fuerzas represivas abrieron fuego contra multitudes desarmadas, provocando una veintena de muertos. Cientos de residentes de las clases medias urbanas de La Paz y Cochabamba aplaudían a los uniformados antes y después de que se perpetraran las masacres, mientras medios como Página Siete y Unitel denigraban a las víctimas llamándolas “hordas” y “terroristas”.
Ciertamente no podemos esperar que aquellas personas, tanto los uniformados que jalaron del gatillo como los que dieron las órdenes e incluso aquellos que aplaudieron el crimen, desarrollen escrúpulos de un día para otro, sobre todo cuando después de consumado el derrocamiento de Morales dieron rienda suelta a sus más atrasados prejuicios racistas. Recordemos, no tienen sentido común, porque no tienen comunidad a la cual referirse, o no consideran a los asesinados como personas pertenecientes a su comunidad; o, en el peor de los casos, ni siquiera les importa aquella sentencia socrática de “prefiero estar en desacuerdo con el mundo a que estarlo conmigo mismo”. No hay culpa, eso es claro, pero sí hay crimen: una veintena de muertos.
Lo que sí podemos esperar son actos de justicia, concepto fundamental para toda convivencia civilizada, a veces resumido por los griegos como “dar a cada quien lo que se merece”. Si los Juicios de Núremberg no se hubieran dado, categorías jurídicas como Crimen de Lesa Humanidad no existirían, dejándonos más vulnerables ante la arbitrariedad de la violencia. Dejar las masacres de Senkata y Sacaba en la impunidad equivale a legitimarlas, y aquello acarrea el peligro de repetirlas. Ningún proceso de “reconciliación nacional” puede pasar por encima de ello, pues solo corresponde a las víctimas perdonar, y ellas ya no están acá.
Aquel pueblo que puso el pecho a las balas hoy demanda reivindicar el Derecho Humano más fundamental: el derecho a la vida. Muchos de ellos marchan hoy todavía con los proyectiles de noviembre alojados en sus cuerpos: quieren Justicia, es solo sentido común.
Carlos Moldiz es politólogo.






