¿Qué será de los huérfanos? ¿Qué será de los padres? ¿Qué será de los hermanos menores? ¿Qué será de los enfermos que estaban a cargo de las víctimas de feminicidio? Son los sobrevivientes, de esas tragedias producto del machismo. ¿Quién se hace cargo de todas esas personas? Los huérfanos con más suerte pasarán a vivir con sus tíos, abuelos, que quizás los traten con cierto cariño; los menos afortunados van a formar parte de hogares de acogida donde todo es incierto, desde el presupuesto que tengan para la alimentación hasta las amistades que lleguen a forjar. La misma situación pasará con los ancianos que se irán con algún pariente si tienen o terminarán en algún asilo con más abandono que compasión. Las personas que estaban bajo la protección o el cuidado de la mujer asesinada por su pareja, sienten cómo se trunca su vida.
Cada vez con mayor frecuencia los medios reproducen noticias sobre feminicidios, comparan las cifras de años anteriores, realizan infogramas comparativos por categorías, algunos mencionan el nombre y apellido de la víctima y escriben la iniciales del feminicida. Los que quedan aparecen en una línea, en una frase, así nos enteramos que quedaron huérfanos bebés de tres meses, pequeños de dos a seis años, adolescentes de 12 o 15 años. Muchos de ellos fueron testigos del asesinato de su madre, son ellos los que en su media lengua relatan lo que vieron aunque no terminen de entender el drama al que se están enfrentando. Son esos adolescentes que en muchos casos quedaron heridos en el cuerpo y en el alma porque intentaron defender a su madre y en el intento se pusieron en medio, el agresor les asestó el golpe, el cuchillo, la bala. Se salvaron, pero a medias, porque seguirán vivos pero con heridas incurables en sus corazones y en sus mentes.
¿Qué necesitan esos niños y adolescentes que en su mayoría nadie quiere porque no son sus hijos o porque no pueden mantenerlos? Necesitan protección. Necesitan ayuda para reconstruir su vida. Muchos podrían ser adoptados por parejas deseosas de tener hijos, dispuestas a hacerse cargo de dar bienestar y cariño a niños que están en desgracia. A los posibles padres y a quienes los necesitan los separa una burocracia interminable.
Los legisladores tienen que saber que la Ley 348 de Lucha Contra la Violencia tiene un vacío respecto a los hijos que son las otras víctimas de los feminicidios. Y que el Código Niño, Niña y Adolescente tampoco prevé ninguna medida para salvaguardarlos. Corrijan estos errores y dicten normas que asistan a estos niños en su recuperación por el trauma sufrido. Hace mucho que la sociedad civil pide acciones responsables para este flagelo.
Lucía Sauma es periodista.






