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La A de amado

Ese miércoles, al agotarse la mañana, quienes vibramos junto a él en las últimas décadas vivimos un congelamiento que solo el sentimiento sabe explicar. “Algo se detuvo en punto muerto y fue tan grande ese silencio” canta el otro gaucho, Fito Páez. La alerta de un teléfono interrumpe una reunión de trabajo. Se fue Maradona. […]

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Por Claudia Benavente
LA A AMANTE
La Paz / diciembre 6, 2020
en Voces

Ese miércoles, al agotarse la mañana, quienes vibramos junto a él en las últimas décadas vivimos un congelamiento que solo el sentimiento sabe explicar. “Algo se detuvo en punto muerto y fue tan grande ese silencio” canta el otro gaucho, Fito Páez. La alerta de un teléfono interrumpe una reunión de trabajo. Se fue Maradona. ¿Cómo sigue la vida en la América Latina que se sintió más grande y más digna gracias a su eterna luna de miel con la pelota? ¿Cómo sigue en esa pelota inmensa que es el mundo la pasión del fútbol sin el gigante? Escasos minutos sin el 10 y ya un columnista me reclamaba no tener nada en nuestro periódico digital. Chau reunión, chau planes de miércoles, chau Diego. Los ojos de gran parte de la esfera que habitamos se volcaron sobre él y en el universo internet se pintaban los colores de la bandera argentina. Comenzaba la despedida.

Que el anuncio en La Razón Digital, que el informe especial en La Razón del día siguiente, que Extra busca las mejores imágenes. ¿Cuál será el titular? Imposible superar la osadía de ese impreso francés que puso en letras enormes: “Dios ha muerto”. En contraposición, los canales argentinos lo devolvieron a la mortalidad y al pecado. Ya están cacareando sobre la pelea con la hija, el papel de la primera esposa, el famoso “entorno” (palabra sin nombre ni apellido que carga en sus espaldas la acusación, el origen del mal, la culpa de casi todo).

En el centro de Europa, el presidente francés Macron le dice jugador suntuoso e impredecible. Le dice bailarín con botines, artista, mago del juego, gobernante de la pelota. Evoca el ‘86, cuando en el partido más geopolítico de la historia del fútbol contra la Inglaterra de Margaret Thatcher se registran los dos goles más recordados porque traían justicia sobre las Malvinas y con ella, justicia sobre la América invadida. La soberbia insolente, sentencia Macron, de nuestro enfant terrible. Y qué.

Mientras tanto, en ciudad de Baires se critica la mala organización del gobierno; las decisiones de la ex y dos hijas del astro; la actitud de los que no llevan barbijo y el irrespeto a la distancia en las aglomeraciones de lugares simbólicos desde donde se despidió a Gardel, a Perón y a la llorada Evita durante varios días. Para este cuarto amado, ocho horas y chau Buenos Aires, no te vuelvo a ver.

Una cámara registra, mientras se prepara el velatorio en Casa Rosada, una muchacha en la entrada de La Bombonera. Blusa cualquierita, pantalones cortos que limpian el piso sobre el que se sienta para descansar de su indecible desconcierto, barbijo chueco, mal peinada, cero maquillaje, su hijo de menos de seis le da vueltas mientras espera que saque su tristeza. La mirada de esta embajadora del pueblo no se quiere despegar del piso, le tiembla el pecho, le arde el cuello, le falta el aire, le falta Diego.

Los expertos en fútbol, en leyes, en medicina, en farándula o en nada, desfilan en la pantalla chica, en los periódicos o en las redes para calcular los millones declarados, contar los hijos, confirmar el porcentaje de un imaginado testamento. Mientras un dron sobrevuela la ceremonia íntima, una relatora comenta que es difícil ser hija o esposa o expareja o pareja o amigo de Maradona. Y remata: “Nuestro dron se mantiene a distancia porque queremos ser muy respetuosos de este momento”. A las horas, un conocido periodista se asombra: ¿Cómo la muerte vuelve buena a una persona mala?

Desde que hay autorización, frente al ataúd, desfila la gente. No paran de pasar; hay guardias que garantizan que el adiós no dure más de un par de segundos. Suficientes para dejar delante de esa caja de madera todo el amor. O un oso de peluche. O la camiseta más querida guardada años en la pequeña habitación villera, un aplauso nacido del alma, un grito de estadio, un beso mojado en lágrimas, una mirada, una bandera, un Che, un puño en alto, un “gracias Diego” a todo volumen. Quien cree que es difícil definir la palabra pueblo solo tiene que mirar este desfile para llevarse la más estricta definición. El pueblo de Diego pasó frente a él para devolverle la vida.

Un caricaturista ecuatoriano dibuja al 10 junto a San Pedro, quien le explica que son nubes y no droga. En la calle, otro argentino responde a la pregunta del periodista: “Vine porque tuve una infancia muy difícil, de muchas carencias, y ver jugar a Diego me dio toda la alegría del mundo”. Fidel Castro, Hugo Chávez o Evo Morales deben saber, donde estén, que el incontestable revolucionario de la cancha les debe un par de lecciones. Y es que cuando el pibe pobre hizo soñar a su familia y al barrio, hizo soñar al planeta.

La canción de Rodrigo me persiguió desde el miércoles. Y hoy que al escribir esto ofrezco mi diminuto adiós a este pedazo de pueblo, caen las notas del piano de Fito y bañan sus palabras: Cuando solo vemos bruma, cuando el cuento terminó, todo nos parece intrascendente. Sabe amargo el licor de las cosas queridas, se acabó lo mejor, ¿quién nos quita esta herida? Tengo que correr, tienes que correr, a toda velocidad. Es la hora de huir. La despedida.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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