Tuve la suerte de conocer a Diego Armando Maradona durante el Mundial de Italia 1990. La memoria más indeleble es del partido entre Argentina y Brasil en Turín. Luego del pitazo final, me perdí por los túneles del estadio, cerca de la zona mixta. En la oscuridad y soledad, escuché el clic-clac de toperoles en cemento detrás de mí. Me di la vuelta, y mirando hacia arriba, vi a Maradona junto a una enfermera italiana. El traía una sonrisa enorme.
Bajé las gradas con él por unos dos minutos. No sabía qué decirle, así que le felicité por la victoria. Me agradeció y me puso la mano sobre el hombro. Yo tenía solamente 20 años. Sin saber qué más decir, le dije “soy de Bolivia, también me llamo Diego.” Otra vez me sonrió y me dio la mano. Desapareció entrando a un cuarto que me imaginaba era la enfermería.
Treinta años más tarde, ese recuerdo de un momento fugaz con un ídolo del mundo moderno es como algo que ocurrió ayer. Había crecido viéndolo en la televisión en los mundiales de México y de España. En Italia, pude verlo jugar en los partidos contra Camerún, la Unión Soviética, Rumania, Brasil, Yugoslavia e Italia. No pude conseguir boleto para la final en Roma contra Alemania. Afortunadamente, pude saludar a Maradona luego de los partidos contra la URSS, Rumania, Brasil e Italia. Luego del partido contra Rumania me firmó su autógrafo. En todas las ocasiones fue un caballero, muy humilde y sincero.

Todos tienen su versión preferida de Maradona. La mía es la de Italia 90. Ya no era el Pibe de Oro. Ya era un hombre maduro de treinta años, el caudillo de la selección argentina. Por un pelo no ganó su segunda copa del mundo, por un penal más que dudoso. Esa versión de Maradona que queda en mi memoria, por la forma en que ocurrió, es de una aparición de un semidiós en la oscuridad, para luego verlo festejar como un niño con sus compañeros en la zona mixta.
Esas son las lecciones que aprendí de Maradona, la de mantener la alegría infantil de jugar con una pelota (o con cualquier cosa que uno prefiera) a pesar de la edad. Y la de creer en algo más allá de lo común y corriente. De buscar maneras para salir de lo cotidiano. Son lecciones que no necesitan debatir los aspectos polémicos, políticos, o personales de Maradona.

Tuvimos la suerte de ver jugar al máximo exponente del deporte más hermoso y popular del mundo. Maradona no solamente defendió a Bolivia para poder jugar en la altura, pero dio alegrías a millones de personas por su manera de jugar y dejarlo todo en la cancha.
No pude ir a verlo en México cuando era entrenador de los Dorados de Sinaloa. Pero hablé con su abogado, Matías Morla, hace dos meses para tratar de que Maradona vaya a Bolivia. Morla me dijo que iba a tratar, y que mandaba un gran saludo a todos en Bolivia y estaba muy contento por el retorno de la democracia al país. Así es como debemos recordar al Diego: como alguien que siempre estuvo del lado del pueblo, no hizo daño a nadie, e hizo todo para dar felicidad a la gente común, que muchas veces puede tener vidas difíciles.
Maradona vivió al mejor estilo Nietzscheano: hizo de su vida una obra de arte, más allá del bien y del mal, y supo partir cuando debía.






