Este 2020 alista maletas, está a punto de expirar y partir sin mayores glorias más que el estoicismo de un planeta que pudo ser resiliente ante tantas penas que hereda. Atrás dejará una estela de dolor, de miserias, de lecciones, de elecciones, de aprendizajes, de escarnios y de pocas alegrías. Pocos lo recordarán, y si lo hacen lo harán solo por que no se repita.
Para el criterio común, este año que se va ha sido lapidario: trajo una pandemia que sembró luto y llanto en millones de personas, que despedazó los sueños personales, que aisló familias, que arruinó los emprendimientos y que hizo trizas las economías del mundo.
En el país, develó las carencias del sistema de salud, desnudó como otras veces la corrupción, puso en jaque a la débil economía, engendró una frustrada candidatura y enseñó a reinventar la democracia, con creces.
Había comenzado con la incertidumbre del país luego de otro fatídico 2019, que partió a los bolivianos entre “terroristas”, “salvajes”, “sediciosos” o “demócratas” y “pacíficos”, que dejó muertes… que puso en vilo la democracia. Un país que tenía la esperanza de que un gobierno devenido de una grave crisis política iba a ser la salvación y la lección de una gestión “democrática” de verdad, y otro que sentía que el suyo fue despojado con protestas que invocaban la acción militar y policial, con un informe injerencista de un organismo multilateral, con un motín policial, con la sugerencia militar de renuncia de Evo Morales y con una cuestionada sucesión presidencial, a pesar del fuerte respaldo internacional.
Aquel gobierno de Jeanine Áñez que debía reencauzar ese país dividido a través de nuevas elecciones, luego de las anuladas por una “sentencia” de la OEA, terminó degenerándose en uno electoralista, con una candidata-presidenta ocupada más en la campaña que en la misma gestión, al punto de volver al principio con la renuncia pero con el pesar de los daños marcados por los malos pasos. Con la impronta de la persecución política y la soberbia de un ministro para el olvido.
Menos mal que luego de varias postergaciones de las elecciones e intentos de continuar de un poder político ilegítimo pero respaldado por algunos liderazgos, otra vez unos comicios devolvieron la tranquilidad. Quedaron muchos en el camino en su afán de llegar al Palacio Quemado y el exministro de Economía Luis Arce, del mismo Movimiento Al Socialismo (MAS) que había porfiado por una repostulación ilegítima de Morales, sorprendió con una histórica votación.
Todavía con las mieles de un gobierno nuevo, Arce comienza un periodo complicado por las crisis sanitaria, económica y política. Pero la legitimidad del poder y una actitud nada hostil del mandatario aunque crítico con sus detractores, a diferencia del carácter confrontacionista que solía tener Morales, el país experimenta una estabilidad que transcurre incluso entre la política y las emociones ciudadanas, necesarias para sobrellevar los traumas de un indolente COVID-19 que aún persiguen.
El año que viene se pinta oscuro aún, por la llamada segunda ola de la pandemia y sus consecuencias. Uno de los retos, que concierne aún a los ciudadanos debido a sus propios compromisos y responsabilidades, será reponerse de esta crisis sanitaria.
La economía tiene que estar en buenas manos de quien, como lo defienden y hacen alarde en el partido de gobierno, fue el “artífice” de la añorada bonanza de los años antes de 2014. Todavía las medidas de Arce en aras de la reactivación son muy insuficientes.
Y, como tercer elemento, la recomposición política dependerá de las elecciones subnacionales de marzo de 2021. Las organizaciones políticas, que habrán aprendido de sus derrotas y victorias, tendrán el reto de consolidarse o morir en el intento. Dependerán de sí mismas para finalmente recuperar o consolidar la confianza de sus electores y así garantizar paz y pan. Eso queremos para 2021.
Rubén Atahuichi es periodista.






