El próximo 20 de enero se aleja de la Casa Blanca el más conspicuo miembro del club de los autócratas, que entre los derechos humanos y la real politik prefirió esta última opción para frecuentar por ejemplo al mariscal egipcio Abdel Fattah Al-Sissi, a quien llamaba su “dictador preferido” sin importarle los 60.000 prisioneros políticos o las 57 ejecuciones sumarias tan solo durante octubre y noviembre pasados. Ese romance nos recuerda que cuando a Teodoro Roosevelt sus acólitos le advertían que el sátrapa nicaragüense Anastasio Somoza era un hijo de puta, el viejo mandatario replicaba: “Sí, pero es nuestro hijo de puta”. En Medio Oriente, Trump también mantenía estrecho vínculo con el príncipe heredero saudí Mohamed ben Salman (MBS), quien mandó despedazar —en 2018— al periodista Jamal Khashoggi tendiéndole una trampa en el consulado de Arabia saudita de Estambul, mientras más al Norte, se jactaba que el tirano Kim Jongun le escribía love-letters, luego de sus melosos abrazos en Singapur. En tanto que el zar ruso Vladimir Putin merecía sus elogios por ejercer “un modelo de liderazgo”, soslayando el férreo control político de su sistema unilateral. Esas ligazones peligrosas llegaron a Turquía, donde el incombustible presidente Recep Tayyip Erdogan gozaba de su tolerancia frente a su insaciable expansionismo neo-otomano que hoy se extiende desde el Cáucaso hasta el Mediterráneo Oriental.
Evidentemente, los tradicionales cuadros diplomáticos americanos insistían —vanamente— que en las relaciones bilaterales se observe la vigencia de ciertos valores en el marco de su política externa, pero el esfuerzo se estrelló contra la lógica trumpista que en 2016 razonaba que “Estados Unidos no puede dar lecciones de moral, porque también ha matado mucha gente en el mundo”, rememorando —quizá— los crímenes de guerra cometidos en Vietnam y en las inúmeras incursiones militares durante la Guerra Fría, y más recientemente en la lucha contra el islamismo radical. Fuera de ese círculo de autocracias, por razones geopolíticas y comerciales queda la China imperial de Xi Jinping y la teocracia totalitaria de Irán que han sido blanco de la furia y el fuego de Trump. Por motivos de nivel y relevancia geográfica tampoco figuran las dictaduras bananeras del África o las del Caribe como Nicaragua, Venezuela o Cuba, ni los extravagantes gobernantes europeos de Bielorrusia y Hungría. No obstante, en la periferia del mentado círculo tienen elevada apariencia los emiratos y sultanatos del Golfo Pérsico, por su peso hidrocarburífero en la economía mundial.
Irónicamente aquellos amigos de Donald tienen mucho en común no solo en su voraz apetito de sangre, sino porque en sus respectivos países la pena de muerte se aplica regularmente, tarea a la que se está consagrando Trump en su propio territorio, hasta el último día de su mandato.
El tándem Biden-Harris se presume que priorizará la vigencia de ciertos valores fundamentales sobre el pragmatismo mercantilista de su antecesor, aunque para ello tendrá que inventar un enfoque fresco en sus relaciones con el emperador pekinés o con la corte de los ayatolas.
Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.






