La pandemia nos cortó las alas sin piedad. Y el exministro de Educación Víctor Hugo Cárdenas nos cortó el derecho a la educación clausurando el año escolar. Después de las postergadas y postergadas elecciones, falta ver si el actual Gobierno logra devolver a nuestras hijas y a nuestros hijos, lo más amado que tenemos, el derecho pleno a la educación.
Julián, mi hijo, es un gran privilegiado. Sus padres podemos pagar una educación privada de envidiable calidad. Y ni así. Él cuenta con absoluta precisión los días, semanas, meses lejos del colegio. Casi un año de haber dejado su nido de socialización. Era viernes 20 de marzo, recuerda, cuando les dijeron que no habría clases un par de semanas. Par de semanas que dieron a luz un año de ausencia. Puertas cerradas, amigos por teléfono, clases desde el encierro de un departamento, mochila muerta de tristeza en la esquina de la pequeña habitación. Un día detrás de otro: directores, profesores, mamás, papás, chicas y chicos tratando de habitar el nuevo planeta de la distancia, de las nuevas tecnologías, de la carencia de miradas, de la huelga del contacto humano. ¿Cómo definirías este año? Triste, solitario, lento, dice Julián mientras una aguja atraviesa el pecho de su madre.
Valeria, además de ser mi amiga, es una trabajadora del hogar que con la muerte de su hermana en un minibús conducido por un irresponsable policía/transportista, aceptó hacerse cargo de su sobrina. La pequeña ya está en secundaria y su educación enmudeció todo el 2020. La niña cocinó, tejió, vio tele, hizo sopas de letras, desempolvó cuadernos, se hizo solitaria. Desde el 1 de febrero de este año están en campaña: comprar nuevo celular, saltar al vagón destartalado de la educación fiscal, entrar a los grupos de WhatsApp de las materias escolares que solo se hacen carne en la pantalla minúscula de un celular o de una vieja computadora. “Profesor, puede incluir a mi hija, ya tiene teléfono. Señores padres de familia, ya estamos entrando ASUM. No me puedo conectar, profesor. Les mando la tarea de química en el documento. No se puede abrir. Tiene que descargar Word, señora. Digan a qué hora son las clases porque hay un solo celular y tengo que salir a trabajar, profesor. No se abre el video. Hay que descargar BOR. No, eso es para los documentos, no es para videos. Cara animada de Don Ramón (de la vecindad del Chavo) mostrando que no entiende nada”. Risas multiplicadas. Reír para no llorar.
Calle treinta y pico del paceño barrio de Cota Cota. A la vuelta de la tienda, entre el vidriero y la peluquería está la modista/ mamá con su mesa larga llena de prendas por reparar y una tela para vestido todavía sin cortar. Tantos encargos, tanta carencia y encima lidiar con la empresa proveedora de internet. De lo contrario no hay escuela para el ch’iti de seis años que hoy se educa al lado de una máquina de coser. Mi madre llegó al lugar llevando un jean demasiado largo y se encontró con una modista desesperada y un niño arrinconado, detrás de las telas, pasando clases por Zoom. Había señal, había computadora de a peso, había una clase en desarrollo. Y al frente había también un niño tironeado por el miedo. ¿Está pasando clases? Pregunta la clienta. “Sí. Pero ni entiende él ni entiendo yo, esto es un desastre. Y yo con tanto trabajo”. Con pocos argumentos para levantar el ánimo, la extraña a ese hogar/trabajo aconseja hacer las cosas con calma, con paciencia. En eso, el niño que está como a ciegas delante de la computadora se da vuelta hacia la madre para pedir agua. “Dame agüita”.
Así estamos. Por favor, agüita para ese niño, agüita para todos los estudiantes, agüita para las mamás, agüita para los papás, agüita y vocación para los profesores, agüita para las autoridades estatales que tienen, prioritariamente, que sacarnos de esta caja llena de obscuridad y mitigar esa sensación de estafa de la educación virtual que está engendrando una generación cognitivamente deficiente, como me dijo un gran amigo. Agüita para todos.
Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.






