Marzo de 2020 ha sido el mes más largo de la vida para mucha gente: duró como un año, para quienes esperan que la pandemia termine y sea solo un mal sueño, un tropiezo o, como mucho, un mal mes.
La vida se ha encargado de señalarnos que no es así, que la pandemia no es una casualidad y que es más bien un evento catalizador de una serie de procesos económicos, sociales y políticos que ya estaban en crisis o por entrar en crisis durante los últimos cinco años. Cuando digo que no es casualidad, quiero alejarme del campo de la teoría de la conspiración y entrar en el de la ciencia: entiendo que el COVID-19 tiene que ver con la compulsión humana de invadir los espacios de la naturaleza (proceso que se ha acelerado en las últimas décadas) y no precisamente con una mente maligna que desea conquistar el mundo con triquiñuelas.
En el mundo del COVID, los lentes que usábamos para leer al mundo y las herramientas que teníamos para gestionar la realidad ya no son válidas. En otras palabras, seguir insistiendo en más de lo mismo, ya no nos va a sacar de este atolladero.
América Latina era una región que en su momento parecía estar experimentando cierta prosperidad… no plenamente compartida, pero prosperidad al fin. La pandemia y sus efectos —nos dice la CEPAL— están borrando todo lo que nuestra región logró en 12 años de lucha contra la pobreza y en 20 años de superación de la pobreza extrema. Además, la región ha retrocedido en materia de equidad.
El trabajo —o más bien la falta de— es el eje de la crisis social y esta crisis está golpeando desproporcionadamente a las mujeres ocasionando que muchas de ellas se replieguen al trabajo doméstico no remunerado (siempre según la CEPAL). La cuarentena y la suspensión de clases presenciales mantuvieron —y mantienen— a las familias en sus casas y al interior de las familias no hubo mucho cuestionamiento acerca de que el rol del cuidado debe seguir a cargo de las mujeres exclusivamente. En todo caso, los esposos no cuestionaron mucho.
Por otro lado, también salieron golpeados quienes se encuentran en el sector informal, perdiendo ingresos y fuentes de trabajo; a medida que las familias dejaron de comprar muchos artículos cotidianos, se redujeron las oportunidades para la venta callejera al menudeo; la suspensión de eventos masivos afectó a quienes ponían puestos callejeros de comida, artesanías y souvenirs.
Los gobiernos respondieron subvencionando los servicios básicos, entregando paquetes de alimentos y medicinas y —sobre todo— incrementando y expandiendo los bonos sociales. Todas estas medidas lograron un efecto de contención, pero no fueron suficientes para evitar el incremento de la pobreza. El soporte monetario a las familias fue, pues, clave y con seguridad lo seguirá siendo. Una innovación interesante en este tema sería el pago de un ingreso básico temporal, focalizando a las familias de más bajos recursos.
Pero luego necesitamos pensar seriamente, ¿qué estructura económica requiere la región para salir del atolladero? ¿Qué nuevo paradigma de política pública? ¿Qué otra mentalidad acerca del desarrollo y la prosperidad? Se necesita ampliar la capacidad del gasto público para financiar bonos, mejores sistemas de salud y para ampliar el abanico de servicios sociales para la población. El abanico de opciones va desde una reforma tributaria para que las familias más opulentas aporten proporcionalmente más al sostenimiento de la cosa pública, hasta la tradicional negociación de deuda soberana en los mercados financieros.
Pero también se necesita transitar hacia un nuevo paradigma de progreso económico, para ir dejando atrás la dependencia de los recursos naturales y transitar hacia un esquema menos dañino para la naturaleza. ¿Es esto posible? La propuesta de la CEPAL “construir un nuevo futuro” afirma que sí, que América Latina tiene oportunidades en el cambio de su matriz energética, que hay espacios para insertarnos en la industria de vehículos eléctricos, que aún es posible subirse al tren de la industria de software, que es posible repensar el turismo y que tenemos que considerar más seriamente la economía circular, la bioeconomía y la economía para la salud.
Las respuestas a los retos que tenemos al frente no son fáciles. Por ello nos obligan a pensar, a utilizar nuestra mente más allá del mero ejercicio de la memoria de lo que se hacía (y que funcionaba) antes de que la pandemia nos marque la pauta del siglo XXI.
Pablo Rossell Arce es economista.






