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Las marchitas levitas y las ojotas

En 1942 se promulgó la Ley Orgánica de Municipalidades, instrumento jurídico que permitió establecer la autoridad de un alcalde rentado y cuya designación dependía del gusto y talante del Presidente o dictador de turno. Si hacemos un ejercicio simple, al ver el almanaque Argote y su mosaico de presidentes, veremos que casi la totalidad de […]

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Por Édgar Arandia Quiroga
A FUEGO LENTO
La Paz / marzo 14, 2021
en Voces

En 1942 se promulgó la Ley Orgánica de Municipalidades, instrumento jurídico que permitió establecer la autoridad de un alcalde rentado y cuya designación dependía del gusto y talante del Presidente o dictador de turno. Si hacemos un ejercicio simple, al ver el almanaque Argote y su mosaico de presidentes, veremos que casi la totalidad de éstos pertenecían al criollaje hispanófilo y reproducían su imaginario con resistencias y sublevaciones constantes.

Un caso emblemático es el de nuestra ciudad escindida entre la ciudad chola e indígena y la otra, citadina occidentalizada y cuyas fisuras culturales se develan claramente desde 1985, cuando se promulga la nueva Ley Orgánica de Municipalidades y es la ocasión para celebrar las primeras elecciones municipales y la evidencia de las pugnas entre dos visiones.

El origen se remonta a 1549, cuando las autoridades coloniales españolas se reparten las tierras del margen izquierdo del río Choqueyapu, encajonando a la población aymara dentro de cuatro barrios situados en el otro margen, separados de los conquistadores, por el río. Nacía la criatura bicéfala: Chukiyawu Marka y La Paz, en “barrios de indios y de españoles”.

La orden llegaba desde Madrid, emitida por el rey Carlos V, consolidaba un imaginario entramado por prejuicios raciales y una supuesta superioridad cultural, además reforzada por la imposición de un universo religioso, aprovechada perversamente por los conquistadores aludiendo al mito aymara quechua de la llegada por el mar de un dios rubio y blanco, llamado Wiracocha (wira: grasa, espuma; qocha: lago) que se asociaría armoniosamente con la cultura y la religión autóctona: “(…) para producir de este modo, un empuje civilizatorio significativo”(Estermann.2013). Hasta el día de hoy, en algunas comunidades todavía llaman a los extranjeros y a los bolivianos de tez clara wiracochas, “(…) seguidores del dios blanco, alto y barbudo que coincidía por supuesto en muchos aspectos con la imagen vigente, en ese entonces, de Jesús” (Ib. 2013).

Mientras en Europa los romanos llamaban bárbaros a los germanos, normandos, celtas, etc. por sus aspectos fieros de rostros barbados y su resistencia al dominio imperial; en Aby Ayala sucedió al contrario, los conquistadores llamaron bárbaros y salvajes a los indígenas sin barba.

Esta sedimentación cultural, en una parte de la población occidentalizada, fue promovida por los gobernantes que, por la acumulación histórica de exclusión y racismo, engendraron un descontento y un inevitable camino a la reestructuración del poder; así después de la Guerra del Chaco estalló la revolución del 52. La migración que produjo este suceso cambió aceleradamente la conformación étnica y cultural de la ciudad aprisionada por los wiracochas liberales de levita que vieron, acongojados, la invasión de las ojotas y no pudieron impedirlo.

El puente llamado C’uscuchaca, que lleva al Cuzco, separaba y a la vez unía a las dos poblaciones, generando un mestizaje biológico y cultural que se diseminó en múltiples opciones y formas de asumir la interculturalidad. Evoluciones parecidas acontecieron en casi todas las ciudades del Estado boliviano que afloran en momentos constitutivos para concertar treguas —si releemos la historia— que duran entre 10 y 15 años. El poeta paceño Jaime Saenz resume este evento humano apostrofando: ”El boliviano se oculta de sí mismo”, nos llama la atención sobre el desconocimiento de nuestro pasado, nos devela que todavía tenemos incorporados en nuestro ethos la narrativa instalada por los conservadores del racismo contra nosotros mismos y los complejos de conquistador decadente.

Casi todos los políticos tienen la ilusión que les sigue “el pueblo” y manejan este concepto solo para mentirse cada vez que hay elecciones, y lo preocupante es que los seguidores, ingenuos e inocentes, les creen y generan pulsiones virulentas, reflotando las decrépitas visiones del colonialismo y su correlato republicano liberal.

Para San Agustín el pueblo es “(…) un conjunto de seres racionales asociados por la concorde comunidad de objetos amados, (razón por la cual) para saber qué es cada pueblo, es preciso examinar los objetos de su amor. Hay pueblo cuando los individuos aman las mismas cosas, cuando existe comunidad de objetos amados.”

En el escudo de la ciudad de La Paz, se habla de discordes en concordia y ese símbolo fallido nunca representó la casa, la urbe y el orbe.

  Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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