Ha pasado un año y la ciudadanía todavía no logra integrarse a la realidad actual: el nuevo vivir urbano, la evolución de nuevos conceptos del espacio público y la transformación que requiere la extensión del conocimiento, la educación. Esto significa la “toma de una nueva conciencia del tiempo”, como afirma Kant, que conlleve a aceptar y manejar los códigos comunes generados en medio de la desorientación de la gente.
A partir de 2020 las exigencias sobre los cuidados sanitarios limitaron nuestra libertad de acción y por eso la vida urbana se desarrolla hoy de un modo distinto, movida por las nuevas exigencias de este tiempo. Una realidad que debiera llevar a otras tendencias con una teorización renovada que —como afirman los expertos— esté centralizada en tres ejes: los referidos a la función, el significado y la forma. Esto dentro de aspectos relacionados a la valoración del trabajo diario, la vida privada y la identidad cultural.
En lo que se refiere a las ciudades, éstas van dejando atrás la otrora práctica dinámica y vital de su espacio público, donde las expresiones ciudadanas y culturales mostraban que son la fortaleza de una sociedad. Y esto evidencia la necesidad de recuperar ciertos lugares libres, vacíos urbanos que no estén saturados de detalles, sino que ofrezcan como valor agregado la belleza y el cuidado de la naturaleza. En una ciudad donde sobran las áreas abigarradas de edificaciones, el ser humano necesita libertad y esparcimiento; un hecho que ha quedado demostrado durante el tiempo de encierro que vivimos y que podría terminar de enfermar a la población.
En cuanto a la educación escolar, es innegable que en la actualidad la extensión del conocimiento en plena era de la información aún es lenta, pese a su aplicación digital abrupta debido a la pandemia. Ello no significa, sin embargo, restar valor a la enseñanza que se impartió hasta 2010. La idea es que si bien la evolución fue paulatina, hoy se dio un salto importante con la incorporación de la tecnología a la extensión del conocimiento, a través de las computadoras. Una situación que no debiera retroceder, sino enriquecerse mediante la práctica y la dotación de equipos a los estudiantes.
Así, lo conceptual en el aula y la extensión del conocimiento a través de un sistema virtual se constituyen en la nueva realidad de estos tiempos.
Si bien en estos últimos 10 años hubo cambios en la educación, no cabe duda de que hoy los niños y jóvenes tendrán que vivir los nuevos tiempos, y esto significa que la educación los lleve a una especie de madurez intelectual que les permita adquirir el suficiente conocimiento que consolide el “aprehender,” y ello significa dejar atrás la enseñanza memorizante. Resulta importante rescatar lo positivo de estos momentos, especialmente lo referido a la ampliación del conocimiento que promete lo digital, sin desmerecer la extensión del conocimiento tradicional.
Las nuevas investigaciones están llamadas a demostrar, medir la intensidad y originalidad que requieren los hombres y mujeres para hacerle frente al futuro, pese a que sus condiciones económicas no sean las mejores.
En esa línea, los niños y jóvenes requieren un contenido educativo que aliente su curiosidad por la investigación y el descubrimiento de nuevos saberes paralelos. Una verdadera forma de proyectar al futuro a grandes profesionales.
Dentro de todo ello, no se debe descuidar la infraestructura del aula, pues convendrá aprovechar las transformaciones de estos tiempos, como la instalación de un sistema de red, para impulsar la experiencia vivencial del debate abierto, las conclusiones propias del educando, sin olvidar lo fundamental: el que aprenda a “reflexionar”.
Patricia Vargas es arquitecta.






