Las redes sociales, los medios de comunicación y las columnas de algunos respetables académicos (y otros no tanto) abundan con argumentos y ejemplos del fracaso del socialismo, tanto del socialismo “real” de los países de la cortina de hierro durante el siglo XX, como del así llamado “socialismo del siglo XXI”, que tiene su origen en el caribe venezolano.
El argumento —simplificado a su mínima expresión, para que quepa en esta columna— es muy simple: el socialismo es malo porque es un sistema mediante el cual el Estado dilapida los recursos que son fruto del esfuerzo de toda la sociedad, regalándolos a grupos corporativos que se benefician de esos recursos para sus intereses particulares. Los voceros de este argumento señalan que la intervención estatal malgasta los dineros públicos, que es ineficiente y que es mejor dejar espacio a la iniciativa privada para que ofrezca mejores y más eficientes soluciones. Las visiones más equilibradas reconocen la gran importancia del rol de la empresa privada, proponen que el Estado debe intervenir en áreas clave y que es innecesario tener entidades estatales operando en todos y cada uno de los rincones de la economía.
Por otro lado, existe un alto nivel de consenso acerca de que los recursos públicos deberían destinarse a la solución de los problemas públicos, como mínimo, salud y educación. Y justamente el mundo enfrenta un megaproblema de salud ahora con la pandemia.
Como seguramente usted que me sigue en esta columna sabe, el mundo está urgido de vacunas anti COVID; la inmunización masiva a través de las vacunas es la única solución estructural que en este momento tenemos a mano como humanidad, de la misma manera que — en su momento— la vacuna contra la polio era esa solución estructural, igual que la malaria, el sarampión y la fiebre amarilla, por mencionar solo algunos de los males que están prácticamente erradicados. Es en este contexto en el que empieza a funcionar un curioso modelo de socialismo que, a falta de mayor dicción literaria, podemos bautizar con el marketero nombre de socialismo de próxima generación.
Todas las empresas privadas que han desarrollado vacunas contra el COVID han recibido financiamiento estatal (además de donaciones de entidades sin fines de lucro). Un reportaje de la BBC (https://dev-qa.la-razon.com//bbc.in/32lym79 ) da cuenta de que casi la totalidad de la financiación de la vacuna de Moderna ha sido estatal; para la vacuna de Jhonson & Jhonson, el porcentaje es cercano al 50%, para Pfizer 15%. Por su lado, The Guardian (https://dev-qa.la-razon.com//bit.ly/3ebVjiz) recientemente ha anunciado que hasta el 97% del desarrollo de la vacuna de Astra/Zeneca/Oxford ha recibido financiamiento estatal y de donaciones.
Si bien las empresas han indicado que debido a que la financiación no ha sido completamente privada, están vendiendo las vacunas prácticamente a precio de costo. Pero de todos modos, las patentes siguen siendo privadas. Este dato no es menor, pues las patentes forman el grueso del ingreso por concepto de vacunas y, mientras las patentes sigan siendo privadas y no se liberen, son las empresas las que tienen el control de la producción de las vacunas.
Otro dato aún más importante es que la valuación de mercado de las farmacéuticas ha fluctuado intensamente en los últimos meses, y los anuncios de producción de las vacunas han influido poderosamente en los precios de las acciones. ¿Por qué es importante este dato? Porque los principales ejecutivos de las empresas usualmente se benefician de esquemas de compensación por rendimiento que incluyen pagos en acciones. Entonces, su riqueza personal se incrementa si las acciones suben.
Como ejemplo de lo anterior, tenemos el caso de Albert Bourla, el principal ejecutivo de Pfizer, que según CNBS vendió un equivalente de $us 5,6 millones en acciones a un promedio de $us 41,94 por acción, en una ola ascendente de precios de la compañía, que fueron impulsados por las noticias acerca de la aprobación de la vacuna hacia noviembre de 2020 (https://dev-qa.la-razon.com//cnb.cx/3ghVwUk). De acuerdo con la nota, Bourla tenía más de 25 años en la compañía. Si tomamos como referencia el punto más bajo de cotización de Pfizer en lo que va de esta década ($us 31,68 en febrero de 2020), Bourla ha logrado una rentabilidad del 30% en menos de un año. Sería injusto decir que lo logró sin hacer nada, pero es correcto decir que lo logró con ayuda del dinero del gobierno.
Pablo Rossell Arce es economista.






